Kira Alvarez Bueno
Durante la más reciente semana del arte en Miami, la ciudad se transforma en una extensión del circuito global del arte contemporáneo, Casa Dragones vuelve a ocupar un lugar que le resulta natural. No como un patrocinador que observa desde la periferia, sino como un actor cultural que entiende el arte no como ornamento, sino como lenguaje compartido. El contexto es Art Basel Miami Beach, el punto de encuentro donde coleccionistas, artistas, curadores y marcas dialogan en un mismo pulso, y donde Bertha González Nieves, cofundadora y CEO de Casa Dragones, se mueve con la soltura de quien lleva más de una década construyendo relaciones desde la afinidad genuina y no desde la estrategia oportunista. “Yo creo que el proceso de creación no tiene categoría ni industria”, dice. “El proceso creativo es algo muy libre, no tiene reglas ni formatos”.

Esa idea —la creación como un territorio sin fronteras— atraviesa tanto su visión del tequila como su acercamiento al arte contemporáneo. Casa Dragones nació en 2009 con una premisa clara: replantear el tequila como un objeto cultural, no solo como un destilado. Desde entonces, su aproximación ha sido la misma con la que dialoga con los artistas: respeto por el proceso, atención al detalle y una convicción profunda de que la excelencia se construye desde la artesanía y la paciencia. “Como emprendedores, siempre estamos buscando inspiración en todas las áreas: arte, música, diseño. Eso es parte del camino”, explica González Nieves. “Buscar inspiración en todo lo que haces es una parte fundamental de ser emprendedor”.

Hablar de Casa Dragones es, inevitablemente, hablar de México. No como concepto abstracto ni como cliché exportable, sino como una identidad compleja, profunda y viva. “La cultura mexicana es nuestro centro de inspiración. Es la gasolina que llevamos en el corazón”, afirma. “Nosotros vendemos México en todo lo que hacemos. Queremos que la gente que toque nuestro producto vea ese México que nosotros tenemos en el corazón, el México que admiramos, el México en el que crecimos”. En su discurso, México no es solo origen, es responsabilidad.

Representar al tequila —un destilado que condensa siglos de historia, desde el pulque prehispánico hasta la destilación introducida por los españoles— implica una conciencia clara del lugar que ocupa en la narrativa global. “Cuando me preguntan a qué me dedico, siempre digo que me dedico a vender México. Mi México, embotellado”. Esa noción de representación cultural es la que explica por qué el vínculo de Casa Dragones con el arte no se limita a una presencia anual en ferias, sino que se manifiesta en colaboraciones profundas y sostenidas. Desde 2012, cuando la casa realizó su primera edición de artista con Gabriel Orozco, la relación entre el tequila y el arte contemporáneo se volvió parte estructural de su ADN. Aquella colaboración, que coincidió con la retrospectiva de Orozco en instituciones como MoMA, Tate Modern y Centre Pompidou, no fue concebida como una edición conmemorativa, sino como un diálogo entre dos procesos creativos. Las botellas grabadas con el motivo Black Kites condensaban una idea compartida: la repetición como forma de pensamiento, la precisión como gesto poético.

Para González Nieves, sin embargo, las colaboraciones no se jerarquizan. “Todas las colaboraciones son interpretaciones y posibilidades de crecimiento”, dice. “No es una o la otra. Cada una contribuye a nuestro crecimiento”. Esa visión se refleja en el modo en que habla de Danh Vo, Pedro Reyes o Petrit Halilaj. En cada caso, el punto de partida no es el prestigio institucional del artista, sino la conexión humana. “Es un tema de amistad, de algo orgánico”, explica. “Como con Gabriel. Muchas ideas nacen de momentos compartidos, no de briefings”.

Uno de esos momentos se convirtió en objeto. La pequeña pachita –anfora– diseñada junto a Orozco — pensada para caber en bolsos, sacos y jeans— nació, según cuenta, en una fiesta. “Gabriel me dijo: ¿Y si hacemos una pachita juntos?”, recuerda. “Y nos pusimos a buscar la pachita perfecta. Algo que pudiera llevar Casa Dragones a todas las fiestas”. El resultado no fue solo un objeto funcional, sino una extensión del espíritu de la marca: portátil, íntimo, casi secreto. Ese mismo espíritu atraviesa la colaboración más reciente con Halilaj, presentada durante el 15 aniversario de Casa Dragones.

La edición, limitada a 500 botellas, coincide con la comisión del artista en el Roof Garden del Metropolitan Museum of Art y traslada al cristal de la botella uno de sus motivos más recurrentes: las “bourgeois hens”, gallinas que funcionan como metáfora de identidad, desplazamiento y memoria. “Nos conocimos en Venecia”, dice González Nieves. “Y se dio una relación que le permitió a Petrit tener la libertad total de expresarse”. La libertad, insiste, es condición indispensable para cualquier colaboración auténtica. Durante Art Basel Miami Beach, esa filosofía se materializa en experiencias que van más allá del objeto. Casa Dragones no solo es el tequila exclusivo servido en la feria; es también el espacio donde el arte se bebe, se conversa y se comparte. El Tasting Room dentro del Collectors Lounge —diseñado en distintas ediciones por arquitectas como Tatiana Bilbao y Gloria Cortina— funciona como un dispositivo cultural.
No es un bar, es un lugar de sobremesa, de pausa, de intercambio. “La sobremesa es donde sucede todo”, explica González Nieves. “Ahí es donde se construye comunidad”. La colaboración con Tatiana Bilbao, en particular, sintetiza muchos de los valores que Casa Dragones busca proyectar: sostenibilidad, materialidad, arquitectura como experiencia sensorial. El icónico candelabro de botellas recicladas —producido en México y transportado a Estados Unidos— no es solo un gesto visual. “Sonaba como una idea completamente loca”, admite. “Pero se creó la infraestructura perfecta para vestir la experiencia”. El resultado es un objeto que flota entre la escultura y la arquitectura, y que vuelve tangible la idea de que el diseño también puede ser hospitalidad.

A ese ecosistema se suma la serie Art-Tender, donde artistas y figuras del mundo del arte se convierten en mixólogos por un día. No se trata de celebridades detrás de la barra, sino de un ejercicio de traducción creativa. Cada cóctel es una extensión de la práctica del artista, una forma líquida de su imaginario. “Cada colaboración nos da la oportunidad de aprender, de crecer y de crear nuevas experiencias del gusto”, dice González Nieves. El tequila, en ese contexto, deja de ser acompañamiento y se vuelve medio. Lo que distingue a Casa Dragones en el panorama del lujo contemporáneo es justamente esa coherencia. No hay un discurso para el arte y otro para el producto. Todo responde a la misma lógica: excelencia sin estridencia, profundidad sin nostalgia. “Los desafíos siempre son oportunidades de crecimiento”, afirma González Nieves. “Yo no colecciono desafíos pasados. Una vez que domas uno, ya tienes otro enfrente”. Esa mentalidad —más cercana al proceso artístico que al corporativo— explica por qué Casa Dragones ha logrado insertarse en el mundo del arte sin diluirse ni impostar un lenguaje ajeno.
Cuando se le pregunta por artistas con los que aún no ha colaborado, responde con una sonrisa. “Tengo más ideas que vida”, dice. La frase no suena a ambición desmedida, sino a curiosidad intacta. En un contexto donde muchas marcas buscan legitimidad cultural a través del arte, Casa Dragones parece operar desde otro lugar: el de quien entiende que la creación, como el tequila bien hecho, requiere tiempo, escucha y una relación honesta con el origen.
