Fuego, el arte de la brasa

En el corazón de la colonia Roma, en Colima 55, Fuego se ha convertido en uno de esos lugares que se recomiendan en voz baja, casi como un secreto entre conocedores. Su propuesta gira en torno a la cocina de brasa abierta: directa, intensa y sin ornamentos innecesarios. Aquí el protagonismo es del producto y del fuego, con bases oleosas bien construidas y contrastes que buscan el equilibrio.

Para abrir apetito, el Aguachile Verde se impone como favorito para quienes disfrutan el picante en serio: camarón fresco, pepino, cilantro y limón en una versión vibrante y punzante. Si se busca algo más tropical pero igual de expresivo, el Aguachile Amarillo con mango, jengibre y habanero ofrece un juego seductor entre dulzor y fuego. Otro imprescindible es el Carpaccio de Salmón, realzado con chimichurri, alioli de queso azul, parmesano y pistache: un plato elegante, cremoso y ligeramente ahumado que anticipa la personalidad de la casa.

En los platos fuertes, el Salmón en costra de pistache es una apuesta segura: barnizado con miel mostaza y acompañado de berros con champiñones tatemados, logra un balance impecable entre dulzor, textura y profundidad. Para los amantes de la carne, el Flat Iron o el Petit Tender, ambos a la brasa y con opción de salsa de pimienta o champiñones, expresan con claridad la filosofía del lugar: cortes bien ejecutados, jugosos, sin artificio. Mención aparte merece el Pulpo Michelson, ideal para compartir, con salsa de chiles y papas gajo perfumadas con oliva, limón y romero: intenso, generoso y memorable.

Entre los platos al centro, el Brócoli Fauna y la Coliflor Rostizada demuestran que la cocina vegetal también puede ser protagonista cuando pasa por el fuego correcto. Ahumados, con toques de yogurt, jengibre o nuez, son opciones sofisticadas que acompañan perfectamente la sobremesa. Y hablando de sobremesa, los postres “sucios” cumplen su promesa indulgente: los Plátanos con dulce de leche son pura nostalgia elevada, mientras que el helado de vainilla con humo aporta un cierre sutil y contemporáneo.

La experiencia se redondea con una coctelería clásica, sin espectáculos innecesarios, y una carta de vinos con excelente relación calidad-precio. El servicio es amable, sin pretensión, invitando a quedarse más tiempo del planeado. En Fuego no se viene a posar, sino a disfrutar: a dejar que el calor de la brasa haga lo suyo y que la conversación fluya. Un restaurante que no busca impresionar con discursos, sino conquistar a través del sabor.

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