Timothée Chalamet, en búsqueda de la grandeza

María Estévez

Pocos cineastas contemporáneos se sienten tan atraídos por la obsesión y la autodestrucción como Josh Safdie. Tras el impacto de Uncut Gems, codirigida junto con su hermano Benny, regresa a ese territorio con Marty Supreme, una comedia dramática deportiva ambientada en el competitivo mundo del tenis de mesa clandestino en el Nueva York de los años cincuenta.

La película, escrita por Safdie junto con Ronald Bronstein, se inspira libremente en Marty Reisman, leyenda subterránea del ping-pong. Marty Supreme sigue el ascenso de un joven jugador empeñado en triunfar contra todo pronóstico. Nadie “ni su madre ni su amiga de la infancia” respeta su ambición. Esa falta de apoyo alimenta tanto su determinación como su egoísmo. En conversación con Gentleman, Chalamet reflexionó sobre el personaje, su propia ambición y el proceso de trabajar con Safdie.

¿Cómo fue compartir el rodaje con un grupo tan diverso y cómo logró Josh Safdie armonizarlo?

Fue un sueño. De verdad. Estábamos en el set rodeados de actores con registros muy diferentes y eso, para nosotros, es lo más estimulante. Como intérpretes buscamos experiencias que nos mantengan alerta, que nos saquen de la zona de confort. Josh tomó elementos que podrían parecer de universos distintos y los reunió en una misma habitación. Él era nuestro intrépido líder: marcaba el rumbo con enorme claridad. Creo que para todos fue un honor formar parte de ese conjunto.

¿Es necesario adoptar mentalidad de atleta para afrontar un papel así?

Cada actor tiene su propio método. En mi caso, la confianza va y viene. Hay momentos en los que me siento completamente conectado con el personaje y otros en los que dudo. Incluso durante la promoción he hablado con ese espíritu de Marty, porque creo profundamente en la película. Pero dentro del relato vemos que él también vacila. Marty se derrumba con facilidad porque no tiene a nadie que crea en él. Rachel, el personaje que interpreta Odessa de forma maravillosa, está de su lado; pero, en esencia, es él contra el mundo. Y eso te cambia. Yo puedo identificarme con esa sensación y recurrí a esa energía durante el rodaje.


Después de Llámame por tu nombre y Un completo desconocido, esta en la tercera nominación de Chalamet al premio de la Academía.

Hay quien ve en Marty Supreme un reflejo del propio Josh Safdie ¿Dónde sitúa usted ese cruce?

Es una gran pregunta. Como actor, uno es su propio instrumento, así que inevitablemente aporté mucho de mí al personaje. Pero cuanto más tiempo paso con Josh y hablamos de Marty, más evidente es que también hay mucho de él. A veces dice: “Me encanta cuando Marty hace esto o aquello”. Quienes conocen a Josh saben que vive al límite, que se siente cómodo en la tensión. Es una presencia intensa. En ese sentido, hay algo de Marty que le pertenece por completo.

La historia muestra a un joven que apuesta por sí mismo cuando nadie más lo hace. ¿Se identifica con esa hambre de reconocimiento?

Sí, sin duda. Entiendo ese pulso. He tenido la suerte de participar en grandes producciones, pero también he sentido esa necesidad de demostrar algo, de ir más allá. Marty apuesta todo a una sola carta. No sabe aceptar la derrota con elegancia. Esa obstinación puede ser admirable y destructiva a la vez. No compararía mi trayectoria con la suya en términos absolutos, pero sí reconozco esa hambre, ese deseo de alcanzar algo que parece un poco más grande que uno mismo.

Has hablado públicamente de tu “búsqueda de la grandeza”. ¿Qué significa eso en un contexto como el de Hollywood?

Cuando recibí el premio del Sindicato de Actores por A Complete Unknown dije algo que quizá no es habitual en este oficio: que estoy en busca de la grandeza. Podría haber restado importancia al reconocimiento, que es lo que suele hacerse, pero dediqué más de cinco años de mi vida a esa película. No quería fingir modestia. Sé que trabajamos en una industria subjetiva, pero aspiro a estar entre los grandes.

¿Qué te atrae de las historias de ambición periférica?

Me interesa ese espacio donde el éxito no está garantizado y el entorno no valida tus sueños. Marty empieza en las trastiendas de Nueva York, apostando dinero que no tiene, rodeado de escepticismo. Cuando llega a competiciones como el Abierto Británico, se comporta como si ya lo hubiera conquistado todo. Esa mezcla de inseguridad y arrogancia me parece profundamente humana. La película no juzga al personaje; en realidad, lo observa en su contradicción.

El filme explora cómo el ego puede aislar.

Exacto. Cada triunfo refuerza su ego y cada caída alimenta su sensación de agravio. En ese proceso va dañando a quienes lo rodean. Incluso cuando aparece alguien que podría ayudarle, como el magnate al que interpreta Kevin O`Leary, Marty lo percibe como un rival. No sabe distinguir entre amenaza y oportunidad. Eso forma parte de su tragedia.

¿Cambia tu implicación al ser productor?

Te obliga a asumir una responsabilidad mayor. No solo estás pensando en tu personaje, sino en el conjunto. En el momento actual, en el que el cine atraviesa dificultades, siento que no quiero dejar nada fuera del terreno de juego, por usar una metáfora deportiva. Creo en esta película y quiero hacer todo lo posible para que encuentre a su público.

¿Qué le aporta un proyecto como este?

Me devuelve a un espacio más crudo, más inestable. Josh trabaja con una energía nerviosa, con una ambigüedad moral que no te permite relajarte. Eso es muy estimulante. No se trata solo de recrear partidos de tenis de mesa, sino de habitar la mente de alguien que vive en permanente estado de desafío. Marty Supreme puede llevar a Chalamet a la gloria del Oscar. En el centro del filme hay un joven que se niega a rendirse. Y, en paralelo, un actor que declara sin rodeos su aspiración de llegar lejos. “No quiero minimizar lo que significa el reconocimiento”, insiste Chalamet. “Quiero ser uno de los grandes”.

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