Buscó la belleza hasta después de su muerte. Su funeral fue un escenario impecable, en el corazón de Roma, en la Basílica de Santa María de los Ángeles, en la Plaza de la República.
Ahí le dieron el último
adiós al gran sastre de la elegancia diseña-
dores como Tom Ford, Pierpaolo Piccioli,
Brunello Cucinelli, Maria Grazia Chiuri,
Donatella Versace, Alessandro Michele,
Anna Fendi y nombres destacados del
periodismo de moda como Suzy Menkes
o Anna Wintour, exdirectora de Vogue. Su
muerte, a los 93 años, vistió de luto al uni-
verso de la moda.
El párroco de la iglesia, en la homilía,
destacó: “Valentino era un buscador de be-
lleza, un creador de belleza y ha dejado al
mundo dones de belleza”. También habló
su compañero de vida desde sus inicios,
Giancarlo Giammetti, quien señaló: “Quería
agradecer a Valentino haberme enseñado
la belleza. A través de él he descubierto
qué quería decir. Nos conocimos de chi-
quillos, hemos soñado las mismas cosas,
hemos conseguido realizar muchas. Haré
de todo para que no se te olvide”.
Sin duda, el legado de Valentino Ga-
ravani perdurará. Su trabajo impecable,
su atención al detalle y la búsqueda de
la perfección le acompañaron toda la
vida. Su elegancia le permitió dominar
la alta costura y vestir a las mujeres más
elegantes del siglo, desde Liz Taylor hasta
Jackie Kennedy o Audrey Hepburn, y más
adelante a Lady Diana, Claudia Schiffer, Liz
Hurley o Anne Hathaway.
Hizo del rojo un color emblemático de
su obra y triunfó en Roma, París y Nueva
York, donde en los años 80 abrió su tienda
y se integró en la sociedad neoyorquina
con artistas como Basquiat o Andy War-
hol. Su búsqueda de la estética iba más
allá de la moda; el arte y el interiorismo le
permitieron rodearse de belleza. Amaba
las flores, las estancias de lujo y la decora-
ción de sus mesas, que sirvieron para un
libro, Valentino: At The Emperor’s Table.
Un perfecto anfitrión, como reconoce una
de sus musas, la modelo y estilista Naty
Abascal. Ella le dedicó unas palabras en su
despedida: “Se va un genio irrepetible, pero
sobre todo un amigo inmenso. Gracias por
tu generosidad infinita, por tu sensibilidad,
por tu manera única de entender la belleza
y por haber elevado la moda a la categoría
de arte eterno”.
Nació en la Lombardía en 1932. Muy
joven sintió vocación por la moda y se
trasladó a París a estudiar en la École des
Beaux-Arts y en la Cámara Sindical de la
Couture Parisienne. En 1962 presentó su
primera colección en el Palacio Pitti de
Florencia y se ganó la admiración de la
alta sociedad italiana. Su “V” empezó a
ser símbolo de estilo; Jackie Kennedy le
encargó su vestido para la boda con Aris-
tóteles Onassis.
Para muchos fue el último gran coutu-
rier de la moda, el último emperador. Más
allá de las tendencias, su moda apostaba
por la elegancia. También fue muy activo
para impulsar el Made in Italy unido a
creadores italianos; creía en la alta costura
y puso a Roma en el mapa de la moda
más sofisticada. El 4 de septiembre de
2007 anunció su despedida como director
creativo y celebró su último desfile de alta
costura en enero de 2008, ovacionado
por grandes modelos como Eva Herzigo-
vá, Naomi Campbell, Claudia Schiffer y
Karen Mulder. Sus vínculos con la moda no
cesaron, pero sin duda su legado de belle-
za y elegancia es eterno. En Roma, el día
de su funeral, en los escaparates de las
tiendas de Valentino se leía, tras el cristal y
entre flores, una frase suya que le definía:
“Amo la belleza, no es mi culpa”.
