Un artista inclasificable, revolucionario, único, capaz de crear una obra original y múltiple. Su Silla Mano quedó como icono del arte pop mexicano, pero él huía de todas las etiquetas. Pedro Friedeberg (Florencia, 1936 –San Miguel de Allende, 2026) pone orden en el caos y caos en el orden, con una creatividad fértil propia del barroco y una mirada onírica cercana al surrealismo.
Su familia huyó de la Alemania nazi y, con tres años, llegó a México, país que siempre consideró suyo. La Silla Mano es una de sus obras más universales, pero era un creador multidisciplinario: ya en los años cincuenta, desde su estudio de arquitectura, sus diseños llamaron la atención del creador Mathias Goeritz, quien lo animó a seguir su carrera artística. También Remedios Varo lo impulsó a emprender el camino del arte. En los setenta descubrió la serigrafía e inició una etapa asombrosa de creaciones múltiples. Sus trabajos pronto fueron reconocidos en Estados Unidos, Argentina, Japón y España.
Manejó con sabiduría las artes gráficas y trabajó con múltiples talleres: grabado, giclée, sellografía, mixografía, serigrafía. Sus técnicas de reproducción son muy diversas. Crea espacios, alfabetos y ciudades; juega con símbolos como los soles o los obeliscos, los unicornios o las manos, las banderas o las copas. Piezas con repeticiones que imprimen movimiento a la obra. La música y la literatura también marcan su trabajo, que a veces, con sus reiteraciones, puede parecer una sinfonía o una partitura. Kafka, Lewis Carroll, Pablo Neruda, William Shakespeare, Dante o Spinoza aparecen en sus cuadros. Su obra está presente en museos de todo el mundo: Estados Unidos, Francia, Argentina, Canadá, Irak o Israel. En 2012 recibió la Medalla de Bellas Artes.

Recientemente le realizaron un homenaje en la Casa de México en Madrid. Como dice uno de los curadores e impulsores de su obra, Alejandro Sordo: “Durante décadas, Pedro fue leído como una anomalía: demasiado ornamental para el modernismo, demasiado intelectual para el pop, demasiado irónico para el surrealismo”. A su juicio, su obra es una anomalía lúcida. Gatos, zigurats, laberintos, figuras geométricas, perros, sillas y elefantes forman parte de su universo. En 2022 se realizó en Netflix un documental sobre su obra, Pedro, dirigido por la cineasta Liora, que refleja su lado juguetón, travieso, gruñón y entrañable. Al final, la cineasta y el artista forjan una gran amistad.
Alguna vez que visitamos el estudio del artista, que era su propio universo, entre dibujos de ciudades góticas y sofás tapizados con corbatas, le preguntamos si se consideraba un verso suelto y respondió: “Sí, por cuatro décadas. No, seis, me ignoraron, y muchos me siguen odiando. Afortunadamente, siempre fui underground, lo cual es loable y agradable”. Y cuando le preguntaban cómo valora el mercado su obra, decía: “No tengo la menor idea. En realidad, no me interesa la opinión del «público». Solo sé que a diario me invitan a exponer en Nueva York, en California, en museos de Quiensabedondelandia (sic)”.
Cuando le pedimos qué consejo daría a los jóvenes, esta fue su respuesta:
“Nunca des ni escuches consejos. Regresen al kínder para mejorar su ortografía. Nunca usen shorts o pants en la ciudad. Lean La montaña mágica, Cándido de Voltaire, El manual de Carreño, las cinco novelas de Firbank, El abanico de Lady Windermere y La importancia de llamarse Ernesto”. Y dedicó estas palabras a sus coleccionistas: “Les agradezco su sentido del humor y que sigan gozando de él”.
