Yoga, el aliento de vida


SAMANTHA PRIMATI

La longevidad no es una promesa futurista ni un algoritmo que optimizar. En los últimos años, la investigación también ha comenzado a observar lo que las prácticas ancestrales han sabido durante siglos: el movimiento consciente protege contra la fragilidad y mantiene al cuerpo funcional a lo largo del tiempo. Pero incluso antes de los datos, está la experiencia. Un cuerpo que envejece bien no es solo un sistema que funciona. Es un cuerpo que se siente en casa consigo mismo. Anne Landa, instructora de Alo, una marca global de bienestar y estilo de vida que combina yoga, movimiento y atención plena, lo describe así: “Un cuerpo que envejece bien se siente en casa consigo mismo”. No flexibilidad, no fuerza: presencia. Quienes perseveran en la práctica dejan de alardear de ella y comienzan a habitarla. “La intensidad hace ruido; la repetición es silenciosa”, explica a Gentleman. Es la repetición, no la intensidad, la que desarrolla la inteligencia en los tejidos y la confianza en el sistema nervioso. Y el gesto casi invisible que protege con el tiempo es simple: “Haz una pausa antes de empujar”. Literalmente, detenerse antes de forzar. Un acto de respeto que, con los años, se convierte en una sólida relación con el propio cuerpo.

Para Lorenza Minola, experta en yoga y coach de bienestar, la longevidad no es un concepto teórico. “Cuando enseño yoga, cuido mi cuerpo y enseño a otros a cuidarlo”, comenta a Gentleman. El verbo es preciso: cuidado. No transformación, no rendimiento. “El yoga, en su método, actúa sobre todos los sistemas —nervioso, hormonal, linfático— y las glándulas, incluida la glándula pineal, que produce melatonina, la hormona del sueño y la juventud”, explica Minola, quien proviene de una formación racional (Bocconi y McKinsey), pero su punto de inflexión fue comprender que “el cuerpo es el instrumento de todo”. Sin un cuerpo sano, ninguna mente lúcida ni ningún proyecto humano pueden sostenerse. Para ella, envejecer bien significa quizás una movilidad reducida, pero no dolorosa, una pérdida gradual de flexibilidad sin caídas, una progresión natural de la vida.


En el desierto de Utah, entre la tranquilidad y la fuerza, la actriz Kendall Jenner interpreta “El lujo es bienestar” para Alo, una marca premium de Los Ángeles que combina ropa deportiva de lujo con una filosofía que va del estudio a la calle, promoviendo el bienestar y el movimiento consciente como un nuevo lenguaje.

En su trabajo, la regulación importa más que el rendimiento. “El cuello, los bandhas, el nervio vago, el sistema linfático: elementos a menudo ignorados en Occidente se vuelven centrales para activar y reequilibrar el cuerpo. No es solo energía sutil: es fisiología”. Movimiento lento, respiración consciente, estimulación suave de los sistemas a través de asanas que permiten que el cuerpo se adapte. La nutrición también entra en este diseño de continuidad. Minola combina estudios ayurvédicos con los de Valter Longo sobre la dieta que imita el ayuno, alternando, variando y evitando los excesos. “Est modus in rebus”: la intoxicación surge del exceso, no de la variedad.

También hay una dimensión menos visible que es enemiga de la longevidad, continúa Minola: “En Occidente, vivimos casi constantemente en modo de lucha o huida: el cortisol activo incluso cuando no es necesario, la alerta permanente como norma. Sin embargo, el cuerpo no está diseñado para permanecer en modo de emergencia constante. Los niveles de estrés deben modularse, no ignorarse”. Los antiguos lo sabían bien. El ayuno no era una moda, sino una práctica de regulación. Los baños fríos no eran un desafío extremo, sino una herramienta de adaptación. Los monjes cantaban laudes al amanecer; el ritmo de la oración, ya fuera un rosario o un mantra, modulaba la respiración y el sistema nervioso. No hace falta ir a Oriente para encontrar el “Om”: en la tradición cristiana, el “Amén” posee la misma vibración concluyente, la misma ralentización. Incluso en el siglo XIX, Otto von Bismarck practicaba lo que hoy llamaríamos abrazar árboles, concentrándose en abrazar uno durante quince minutos al día. Así pues, el yoga, en este sentido, no introduce algo exótico. Restablece el orden.

La longevidad, entonces, quizás sea precisamente esto: la capacidad de no estar en guerra con el propio sistema nervioso. Es aprender a desconectarse cuando es necesario. Es mantener la continuidad mientras el cuerpo cambia.

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