Louis Vuitton, Porsche y Singer: el lujo de viajar

Hay colaboraciones que ponen un logo sobre un producto y otras que directamente cambian las reglas del juego. Louis Vuitton y Singer pertenecen a la segunda categoría. La Maison francesa, cuya historia está ligada desde hace más de un siglo al equipaje para viajar en automóvil, se une por primera vez con el atelier californiano especializado en reinterpretar Porsche 911 clásicos para crear dos piezas únicas donde el automóvil deja de ser simplemente un vehículo y se convierte en una extensión del arte de viajar. El punto de partida fue aparentemente modesto: un reloj para el tablero. El resultado terminó siendo mucho, mucho más ambicioso.

En el centro de la colaboración aparece un reloj desmontable inspirado en el Tambour, desarrollado por los maestros relojeros de La Fabrique du Temps Louis Vuitton en Suiza. Puede vivir integrado en el tablero o retirarse para convertirse en un reloj de escritorio, pero su verdadera importancia está en todo lo que provocó a su alrededor. Velocímetro, tacómetro, indicadores, mandos y acabados metálicos fueron rediseñados para compartir el mismo lenguaje estético. Es alta relojería aplicada a un automóvil que, por cierto, también puede acelerar bastante más que una manecilla.

El primer protagonista es un Porsche 911 Reimagined by Singer – Classic terminado en azafrán, azul cobalto y amarillo, una combinación que recupera colores históricos de Louis Vuitton y de los primeros proyectos de Singer. El interior lleva la colaboración todavía más lejos: cuero inspirado en la VVT de los baúles de la Maison, costuras amarillas, acolchado malletage y piezas metálicas trabajadas con acabados propios de la relojería. Hasta las tapas de combustible y aceite adoptan la tipografía del Tambour. Y para completar el espíritu aventurero, el automóvil incorpora un portaequipajes diseñado para transportar desde un baúl hasta una tabla de surf o unos esquís.

El segundo 911 cambia completamente de registro. El Classic Turbo Cabriolet, concebido creativamente por Nicolas Ghesquière, director artístico de las colecciones femeninas de Louis Vuitton, mezcla la despreocupación de California con la elegancia parisina. Su carrocería en tono Calcaire Lutétien recuerda la piedra caliza de París, mientras los detalles dorados, el cuero coñac y la madera de nogal evocan el universo de los yates clásicos. Compartimentos traseros, baúles integrados y bolsas inspiradas en el bolso Noé convierten el cabriolet en una suerte de vestidor sobre ruedas, acompañado por una cápsula que incluye desde un traje de seda hasta sneakers, gafas y un casco a juego.

Y aquí está lo interesante: Louis Vuitton no se limitó a vestir dos Porsche, sino que recuperó su propia historia automotriz. Desde finales del siglo XIX, la Maison fabricaba baúles para sujetar a los primeros automóviles, además de equipaje, kits de picnic y accesorios adaptados a las necesidades de los viajeros. Más de cien años después, ese savoir-faire se encuentra con la obsesión mecánica de Singer para crear algo bastante difícil de etiquetar: ¿son autos, relojes, baúles o piezas de diseño? Probablemente las cuatro cosas. Y quizá ahí reside su encanto: dos máquinas concebidas para recordarnos que, cuando el lujo se toma en serio, hasta llegar a algún lugar puede convertirse en una obra de arte.

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