Hay amistades que empiezan con un café y otras que terminan convirtiéndose en una tentación de mantequilla, azúcar y chocolate. La de Elena López y Macarena Laris pertenece a la segunda categoría. Ambas michoacanas y apasionadas por la repostería, encontraron en La Macaria la manera de transformar una afición compartida en un proyecto propio, donde la elegancia de la pastelería francesa convive con los sabores, ingredientes y recuerdos de México. El resultado es una propuesta dulce que conquista primero por los ojos y después por el paladar.

La historia tiene un ingrediente protagonista que viene de lejos, concretamente de Zamora, Michoacán. El abuelo de Macarena se dedicaba a cultivar y exportar macadamias, por lo que este fruto formó parte de su infancia, entre árboles gigantes, aguacates y tardes en la cocina familiar. Aquellas reuniones en las que las mujeres de la familia rompían macadamias mientras preparaban recetas terminaron convirtiéndose en el germen de La Macaria. Desde 2014, Macarena comenzó a vender postres bajo ese nombre, con las macadamias garapiñadas como una de sus primeras cartas de presentación. En 2021, Elena se sumó a la aventura y ambas decidieron dar el salto de los encargos a una tienda física en Ciudad de México.

Detrás de sus creaciones hay formación, viajes y una buena dosis de curiosidad. Elena estudió Gastronomía en la Universidad Anáhuac México, se formó en el universo de la pastelería junto al chef Luis Robledo en Tout Chocolat y encontró en París una fuente de inspiración que conectaba con sus recuerdos familiares. Antes de incorporarse a La Macaria, también impulsó Origo, una panadería artesanal que llegó a contar con seis sucursales en Morelia. Macarena, por su parte, estudió Dirección de Restaurantes y amplió su aprendizaje culinario en Francia y Shanghái. Dos trayectorias distintas que se encuentran en una misma obsesión, cuidar cada detalle y conseguir que un postre tenga tanta personalidad como sabor.

La creatividad es, precisamente, el ingrediente secreto de su sociedad. Las chefs disfrutan sentarse a conversar, compartir una copa de vino y dejar que una idea se convierta en una nueva combinación de sabores, aromas y texturas. Mientras hablan de lo que les gustaría probar, Macarena recurre a sus acuarelas para dibujar aquello que ambas imaginan. Esa conexión entre la cocina y el arte también se refleja en las paredes de La Macaria, decoradas con ilustraciones de sus postres insignia, desde macarrones hasta tartas y pasteles de mil hojas. En la vitrina, las macadamias garapiñadas conviven con macarrones pintados a mano y otras creaciones que incorporan influencias de México, Francia, India y los destinos que han inspirado a sus creadoras.

Pero el corazón michoacano de La Macaria va más allá de una receta familiar. El proyecto apuesta por ingredientes mexicanos, la colaboración con productores y proveedores locales y empaques de aluminio elaborados por artesanos. Cada decisión busca mantener vivo el vínculo con sus raíces sin renunciar a la técnica y la sofisticación de la repostería francesa. Así, lo que empezó como el sueño compartido de dos amigas se ha convertido en una forma de contar su historia a través de pequeños bocados. En La Macaria, el postre no es simplemente el final de una comida, sino una invitación a viajar, recordar y descubrir que algunas de las mejores ideas nacen alrededor de una mesa… y, de preferencia, acompañadas de algo dulce.

