Ruta de fortalezas

ABRAHAM DE AMÉZAGA

Entre los lujos genuinamente más galos, están los castillos. Surgidos principalmente entre los siglos IX y XI como fortalezas de reyes y señores feudales, acabarían transformándose con el paso del tiempo en símbolos patrimoniales abiertos al público. Es en la región del Loira, aquella que se ha definido como ‘el jardín de Francia’, donde están algunos de los más bellos del mundo. Trazamos una ruta de oeste a este, desde el de Villandry al de Chambord, pasando por dos que parecen reposar sobre el agua, el de Azay-le-Rideau y el de Chenonceau, sin olvidar el de Amboise, tan unido al artista italiano Leonardo da Vinci.

Chenonceau es conocido como el ‘castillo de las damas’, por el papel decisivo de figuras como Diane de Poitiers y Catalina de Médicis. Su galería, que atraviesa el agua, constituye una de las imágenes má reconocibles del Renacimiento francés.

De los miles de castillos que salpican el país vecino, alrededor de medio centenar forman parte de la ruta más conocida del Valle del Loira. Esto podría parecer anecdótico, si nos fijamos en el número, aunque la calidad y prestigio de un buen puñado de ellos hace de esta región la más especial e interesante para el visitante. Próximo a la localidad de Tours, en la que viniera al mundo el novelista Balzac, se halla el castillo de Villandry, la primera parada de nuestro recorrido. Su nombre proviene del pueblo en el que está radicado. Renacentista, y donde los jardines superan en majestuosidad al castillo propiamente dicho, estos impactan positivamente a quien allí recala. Se ha llegado a decir que son de los más bonitos de Francia, y que van cambiando de colores con el transcurso de las diferentes estaciones. Variadísimos en cuanto a tipo de jardines. Del de agua, al vegetal, sin olvidar el ornamental. Un equilibrio, en Villandry, entre naturaleza y arquitectura, esta última la de una antigua fortaleza medieval. Hay una epitáfica frase que circula desde tiempos inmemoriales y que recuerda que “allí donde el Renacimiento dejó su huella, los jardines entregaron su alma”. Muy propio para este paraje.

En las inmediaciones de Tours, en el Valle del Loira, el castillo renacentista de Villandry debe su fama internacional a unos jardines considerados entre los más destacados de Francia. Sus diseños geométricos, el huerto ornamental y los jardines de agua y flores convierten el conjunto en una referencia del arte paisajístico europeo.

En esa misma región, la segunda parada será en el castillo de Azay-le-Rideau. Sobre el agua, con lo que el reflejo del edificio se plasma en ella. Como el anterior, ejemplo del Renacimiento, erigido en tiempos del monarca Francisco I. A caballo entre la sofisticación y lo íntimo, el edificio muestra proporciones armoniosas, aunque es de un tamaño menor, si tenemos en cuenta otros de nuestro recorrido. Podremos llegar a la conclusión de que es joya que brilla no por su dimensión, sino por la armonía de sus proporciones. En su fachada de piedra blanca destacan las grandes ventanas, así como las torres, y todo ello reflejado en el río Indre, que se halla a sus pies. En el interior, salones con mobiliario renacentista y tapices, así como salas que dan cuenta de cómo era la vida de los aristócratas entre el siglo XVI y XIX. El antes mencionado Balzac, hijo de la región, lo definió como “un diamante tallado en facetas, engastado en el río Indre”.

Legión de amantes de la obra pictórica de Leonardo Da Vinci, así como quienes sienten gran interés por la personalidad del padre de la Mona Lisa, suelen dirigirse a Amboise –a unos 25 kilómetros de Tours– y a su castillo, en cuya capilla reposan sus restos mortales. Como es sabido, los últimos tres años de su vida residió en el castillo Clos Lucé, próximo al anterior, y que hoy cuenta con un museo dedicado a sus inventos, así como jardines temáticos. Una de las particularidades es que está erigido en lo alto de la localidad, que la domina. Ojito derecho de la corte gala, en él se desarrollaron memorables fiestas, llegando a ser punto clave en lo relativo a la cultura y política francesas. Nacido como fortaleza medieval, fue transformado durante los siglos XV y XVI en una residencia real renacentista.

Azay-le-Rideau, construido sobre una isla del río Indre, es uno de los ejemplos más representativos del primer Renacimiento francés. La armonía de sus proporciones y su reflejo sobre el agua justifican la célebre descripción de Balzac como “un diamante tallado en facetas”.

A menos de media hora de allí, dos mujeres marcaron decisivamente la historia del cuarto de nuestros castillos, el de Chenonceau: la influyente Diane de Poitiers, la favorita del rey Enrique II, que impulsó la construcción del puente-galería sobre el río Cher, y Catalina de Médicis, que transformó posteriormente el lugar en escenario de fiestas y vida cortesana. El refinamiento es el término que mejor se asocia con Chenonceau. Además, el hecho de que su galería atraviese el río da la sensación de que la construcción flota sobre sus transparentes aguas. Es uno de los más frecuentados de Francia, con alrededor de 800.000 visitas en 2024.

Homenaje a la exuberancia

Y como alguien apuntó que lo mejor se ha de dejar para el final, si hacemos referencia al más monumental de nuestro recorrido, última parada en el de Chambord. Este se definiría como “la gran obra maestra del Renacimiento francés”. Si Versalles quiso dejar claro al mundo el poder absoluto de Luis XIV en el siglo XVIII, antes, el castillo de Chambord, bajo el impulso de Francisco I, sería un ejemplo de grandeza a los ojos del mundo, inspirándose la construcción de su fachada de piedra en el Renacimiento italiano. La desmesura no conoce límites en este lugar, donde las habitaciones se cuentan por centenares –más de 400–, junto a casi 300 chimeneas y multitud de torres. Lo que además atrae la atención en el interior de quienes visitan Chambord es su escalera de doble hélice. Al antes mencionado Da Vinci podríamos igualmente unirlo con Chambord, al tener influencia su arte en el diseño de la escalera.

Chambord, el castillo más monumental del valle del Loira, fue impulsado en el siglo XVI por Francisco I como expresión del poder real.

Un quinteto de lugares que transmiten poder, desmesura y que nos sumergen en el día a día de los cortesanos. Residencias de monarcas, palacios de aire renacentista, fortalezas del medievo, se pueden denominar de múltiples maneras: todas nos remiten a aquella Francia que, además de reino, fue centro del pensamiento y la opulencia. Jean Favier, especialista en la Edad Media gala, dejaría escrito en varias de sus obras que los castillos no deben entenderse únicamente como edificios defensivos, sino como una expresión del poder político y social de una época.

Dominando la ciudad desde las alturas del Loira, Amboise fue una de las residencias preferidas de la monarquía gala durante el Renacimiento. Los restos de Leonardo da Vinci reposan en su capilla de Saint-Hubert.

Recorrer estos cinco castillos es viajar por diferentes épocas y estilos. Desde los jardines cuidadosamente diseñados de Villandry hasta la monumentalidad de Chambord, cada parada muestra una faceta distinta del valle del Loira: la relación con la naturaleza, el gusto artístico, la vida de la corte y la ambición de los monarcas franceses. Una ruta que de manera paralela es un repaso de la historia de Francia, a través de algunos de sus paisajes más emblemáticos. No son los aquí reseñados ni mucho menos los únicos castillos, aunque sí los más especiales.

Autor


TE RECOMENDAMOS