Alberto Guerra, entre Madonna y Hollywood

JAVIER FERNÁNDEZ DE ANGULO

FOTORAFÍA SANTIAGO RUISEÑOR

ESTILISMO KIRA ÁLVAREZ

Acaba de aparecer en todos los medios, nada menos que al lado de Madonna, a quien admira desde muy joven. Juntos protagonizan la imagen de The One, el perfume de Dolce & Gabbana que celebra 20 años. Madonna participa además en la canción “La Bambola”, donde domina la escena con su voz. Para Alberto, ella es uno de los grandes iconos de nuestro tiempo, al nivel de Michael Jackson, Elvis Presley o Mick Jagger. Se conocieron en 2024, cuando la artista vio Griselda y se interesó por su trabajo. Desde entonces, han compartido momentos cercanos, incluso sobre el escenario durante una de sus giras. De ella admira su energía inagotable y su compromiso histórico con los derechos y libertades.

En el universo de la moda, también ha tenido encuentros memorables. Durante un desfile de Dolce & Gabbana, coincidió con Anna Wintour, con quien conversó sobre colores, formas y hasta la comodidad de los asientos. “Me sentía un poco fuera de lugar, pero cuando te acercas a este mundo, lo sientes cercano”, confiesa. También compartió con Domenico Dolce y Stefano Gabbana, a quienes admira por su capacidad de fusionar arte, tradición y estilo. Aquella experiencia —como su recuerdo del desfile de Alta Costura en Cerdeña— marcó un antes y un después en su relación con la moda.

Ese acercamiento ha transformado incluso su forma de habitar el estilo. Hoy, Alberto participa activamente en el proceso creativo de sus sesiones: elige prendas, las interpreta y posa con una naturalidad que recuerda a la de un modelo profesional. Horas de rodaje, maquillaje y cambios de locación forman parte de un ritual que asume con disciplina. Sin embargo, no olvida sus orígenes en La Habana, donde la moda era esperar unos tenis heredados. Ese contraste define su mirada actual: sofisticada, pero profundamente conectada con su historia.

Su curiosidad se extiende más allá del cine y la moda. La relojería se ha convertido en otra de sus pasiones, como lo demostró en el SIAR con un modelo de Panerai inspirado en México. Ese interés por el detalle y la artesanía conecta con una visión más amplia del lujo: la del trabajo hecho a mano. Lo mismo ocurre con su vínculo con Tiffany & Co., firma que lo acompañó recientemente en una gala en el Museo Tamayo, donde el actor reafirmó su afinidad por la joyería como expresión artística.

Pero quizá su proyecto más personal esté lejos de los reflectores. Junto al chef Rodrigo Carrasco, amigo desde la adolescencia, prepara Ocho de Raíz, un espacio que busca fusionar gastronomía, diseño, arquitectura y arte. Un homenaje a la cocina mexicana y latinoamericana concebido como experiencia sensorial. “Se trata de hacer felices a los demás”, resume. Entre rodajes, encuentra tiempo para diseñar menús y construir un sueño que llevaba años gestándose.

En paralelo, su carrera como actor atraviesa uno de sus momentos más sólidos. Tras proyectos como Griselda, Narcos o Accidente, da el salto a producciones internacionales como M.I.A., para Peacock, con creadores de Ozark y figuras como Sonia Braga y Edward James Olmos. Con presupuestos que alcanzan los 140 millones de dólares, Alberto celebra la magnitud de estas producciones sin perder de vista sus raíces. “Lo maravilloso de Hollywood es que te encuentras de todo”, dice.

Esa vida en constante movimiento lo ha llevado por distintos rincones del mundo, desde Japón —donde descubrió una nueva sensibilidad gastronómica— hasta Italia, con sus atardeceres inconfundibles. Sin embargo, siempre hay un lugar al que regresa: La Habana. Allí permanece su historia, su gente y también su preocupación por la situación actual del país. “Es un lugar único en el mundo”, afirma con orgullo y nostalgia.

Hijo de una gestora cultural, creció rodeado de arte, lo que marcó su sensibilidad desde temprano. Hoy sigue cultivando ese vínculo: visita museos como el Museum of Modern Art y admira figuras como Wifredo Lam. Para él, el arte, la moda, el cine o la arquitectura no son disciplinas aisladas, sino lenguajes que dialogan entre sí.

En medio de ese universo, hay un eje que permanece inalterable: su familia. Su relación con Zuria Vega y sus hijos, Penélope, Lúa y Luka, es su mayor ancla. “Por mi familia lo dejaría todo”, confiesa. Y quizá ahí, en ese equilibrio entre éxito, curiosidad y raíces, reside la verdadera esencia de Alberto Guerra.

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