Su nombre en el mundo de la comedía es un monumento al séptimo arte, pero él mismo confesó, “realmente no puedo ser gracioso a menos que sea parte del personaje”. Su versatilidad era enorme, podía mostrarse elegante, sumiso, irónico, romántico, inocente o maquiavélico. Fue nominado al Oscar ocho veces, y se lo llevó en dos ocasiones, como mejor actor de reparto en Mister Roberts de John Ford en 1955 y como mejor actor protagonista por Salvar al tigre, en 1973. Se sentía un actor privilegiado por haber trabajado prácticamente con los mejores directores y actores de su época.
Quien le supo sacar todo su jugo como intérprete fue el gran cineasta Billy Wilder, juntos hicieron cintas míticas como Una Eva y dos adanes (Some like it hot, 1959); El apartamento (1960); Irma la dulce (1963); En bandeja de plata, (1966); Qué ocurrió entre tu padre y mi madre (1972), Primera plana 8 (1974). Disfrutó de éxitos y también vivió películas desastrosas, pero él señalaba “el fracaso pocas veces te detiene, lo que te detiene es el miedo al fracaso”. Y Lemmon se aventuraba con directores muy distintos, cuando falleció, dijo su agente Warren Cowan: “Era una bellísima persona. Si la filmografía de Lemmon pudiera resumirse en una sola imagen, esta sería la de un hombre ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, ni rico ni pobre, que intenta ser feliz con una vida tranquila, pero que se enfrenta una y otra vez a los monstruos de la civilización urbana e industrial.

La resignación, el evitarse problemas, era la primera reacción de ese hombre ante los zarpazos injustos, pero había ocasiones en las que se imponía dar la cara, y la daba”. Confesaba, “las malas películas me enfurecen” y en una de sus últimas entrevistas declaraba, “hagas, lo que hagas, bien o mal, tienes que hacerlo con pasión”. John Uhler Lemmon III, como se llamaba nuestra estrella, nació en Boston en un ascensor una tarde en la que su madre jugaba una partida de Bridge. Odiaba estudiar, pero llegó al Harvard College, donde no fue buen estudiante, destacó en música y teatro.
El humor formó parte de su vida, “la risa te ayuda en lo personal y en lo profesional”, decía. Tuvo una buena relación con su padre y recuerda su último consejo, “reparte la luz del sol” y su generosidad le valió el cariño y el respeto de Hollywood. Fue admirado por veteranos y noveles. En alguna ocasión confesó que él quiso ser actor desde los 8 años. Hizo más de 400 programas de televisión y probó suerte en Broadway, donde volvió al final de su carrera.
Recorrió varios escenarios, incluso el mundo de la radio, antes de dar el salto al cine. De los 50 a los 60 fue su éxito más rotundo, y su imagen se identificaba con el americano medio, también con el ciudadano europeo, era representante del ser humano en su versión cotidiana de manera magistral. Con Walter Matthau formaron una pareja universal, se entendían por instinto, más allá del guion, había una química asombrosa. También demostró su talento en películas como Días de vino y rosas o Missing (Desaparecido). A mitad de los 70 tuvo problemas con el alcohol (aunque lo confesó hasta los años 80). Trabajó casi hasta dos años antes de morir. Odiaba la palabra jubilación “a mí no me van a retirar a no sea que me aplaste un camión”, sentenció. Billy Wilder dijo una vez: “La felicidad es trabajar con Jack Lemmon”.