Cha Cha Chá conquista el sur de la ciudad

Pocas esquinas en Ciudad de México tienen una memoria tan reconocible como la de Avenida de la Paz e Insurgentes. Durante más de medio siglo, ese punto funcionó como uno de los Sanborns más emblemáticos del sur de la capital. Hoy, el espacio inicia una nueva vida con la llegada de Cha Cha Chá San Ángel, el nuevo proyecto gastronómico que transforma el inmueble en una especie de hacienda mexicana contemporánea donde conviven tradición arquitectónica, cocina actual y espíritu urbano.

Después del éxito de su sede frente al Monumento a la Revolución, Cha Cha Chá expande ahora su identidad hacia San Ángel con una propuesta mucho más vinculada al patrimonio y al contexto del barrio. El proyecto de restauración, liderado por los arquitectos Andrea Martínez y Mario Salim, partió de una idea sencilla pero poco habitual: intervenir sin borrar la memoria del lugar. Se recuperó la cantera original, se conservaron vitrales, techos de madera pintados a mano y la fuente central del salón principal, mientras las maderas fueron aclaradas para aportar mayor luminosidad y frescura al espacio. El resultado mantiene intacto el carácter clásico del inmueble, aunque reinterpretado desde una sensibilidad mucho más contemporánea.

La experiencia gira alrededor de una cocina mexicana que busca equilibrio entre raíces tradicionales y ejecución actual. Los chefs Jorge Guerra y Salvador Reyes describen el concepto con una frase especialmente precisa: “como si San Ángel Inn y El Cardenal tuvieran un hijo en 2026”. La propuesta incluye una panadería y tortillería artesanal integradas directamente al salón principal, convirtiendo el proceso de elaboración en parte del recorrido sensorial. Más que una cocina espectáculo, el gesto funciona como una reivindicación del producto, la técnica y los rituales cotidianos de la gastronomía mexicana.

El restaurante está pensado además para adaptarse a distintos ritmos de ciudad. Con capacidad para 230 personas, Cha Cha Chá San Ángel se divide en tres atmósferas: un salón principal de doble altura para celebraciones y comidas familiares; una terraza luminosa y relajada con destilados 2×1 diarios; y una cantina de espíritu clásico capitalino diseñada para encuentros más informales y eventos deportivos. Entre semana también habrá menú del día para oficinistas de la zona, reforzando esa intención de convertirse en un espacio abierto y cotidiano, no únicamente en un destino gastronómico de ocasión.

La llegada de Cha Cha Chá al sur responde también a un movimiento más amplio dentro de la ciudad: descentralizar la conversación gastronómica y volver a mirar barrios con identidad histórica propia. En una zona como San Ángel —entre plazas, galerías, calles empedradas y arquitectura tradicional—, el proyecto encuentra un contexto natural para crecer sin necesidad de forzar una narrativa artificial. Más que ocupar un edificio emblemático, Cha Cha Chá parece haber entendido algo fundamental: en una ciudad con tanta memoria como Ciudad de México, los espacios sobreviven cuando logran dialogar con la historia que ya existía antes de ellos.

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