Hay entrenadores más defensivos, los hay más ofensivos, los que construyen sistemas. Otros, venden promesas imposibles… Javier Aguirre pertenece a esa rara categoría capaz de generar identidad incluso en medio del caos. A sus 67 años, el ‘Vasco’ atraviesa el capítulo más simbólico de su trayectoria al frente de la Selección Mexicana. Será el encargado de dirigir a México, por última vez, en la Copa Mundial de la FIFA 2026, el torneo que convertirá al país en el primero en albergar tres Copas del Mundo. ¡Un hecho histórico que será muy difícil que se repita!

Su regreso al Tri en 2024 no fue solamente una decisión deportiva, sino también emocional. Aguirre representa experiencia, carácter y una relación casi visceral con la presión mediática mexicana. El DT llega a esta tercera etapa con una narrativa distinta, menos impulsiva, más reflexiva y consciente del peso histórico que implica jugar un Mundial en casa. “No soy un salvador”, dijo alguna vez durante una de sus etapas anteriores con México, una frase que hoy vuelve a resonar mientras el país deposita sobre él gran parte de sus expectativas mundialistas.
En las últimas semanas, el seleccionador ha dejado claro que el proyecto rumbo a 2026 estará marcado por una mezcla de jerarquía y renovación. La reciente prelista de 55 jugadores reveló una apuesta equilibrada entre veteranos como Guillermo Ochoa y figuras consolidadas como Raúl Jiménez, junto a nuevas generaciones encabezadas por talentos emergentes como Gilberto Mora o Armando ‘La Hormiga’ González. “No quiero jugadores cómodos, quiero futbolistas que entiendan lo que significa representar a México en un Mundial en casa”, aseguró recientemente Aguirre, dejando clara la exigencia emocional y competitiva que pretende instalar dentro del grupo.
Lo que el “Vasco” genera es algo poco habitual en el fútbol contemporáneo. ¿Y qué es? Sin duda, la credibilidad emocional. No promete épicas vacías ni vende discursos grandilocuentes. Habla desde la experiencia de quien ya conoce las derrotas, las críticas y el desgaste que implica dirigir a México. Pero también desde la convicción de que el fútbol sigue siendo uno de los pocos lugares donde un país entero puede mirarse a sí mismo. Y en 2026, todas esas miradas estarán puestas sobre él. Muchas ilusiones, muchos sueños, ver a México campeón del mundo. ¿Será en esta ocasión?
