La muerte, a los 88 años, de David Hockney, uno de los artistas más influyentes, reconocidos y cotizados de nuestro tiempo, deja un enorme vacío en el mundo del retrato, el paisaje y el color con el que inundó algunos de los museos más importantes del planeta. “Yo prefiero vivir en el color”, confesó alguna vez. Con él desaparece uno de los grandes creadores de la segunda mitad del siglo XX y de los primeros años del XXI. Su obra es el resultado de más de siete décadas de creatividad ininterrumpida. Figura clave del arte pop británico, Hockney fue también un pionero en la incorporación de nuevas tecnologías al proceso artístico, explorando técnicas tan diversas como la pintura, el grabado, la litografía, la fotografía, las vidrieras y la escenografía, además del uso de iPads y pantallas digitales para crear obras de arte.
Formado en Gran Bretaña, estudió en la Escuela de Arte de Bradford entre 1953 y 1957, y posteriormente en el prestigioso Royal College of Art de Londres, donde permaneció de 1959 a 1962. Siempre recordó con orgullo aquellos años de formación y confesó que desde los once años sabía que quería ser pintor. Huyó de la conservadora sociedad británica de la época, donde la homosexualidad aún era considerada un delito, y encontró en California un espacio de libertad creativa. Allí desarrolló una de las etapas más luminosas de su carrera, marcada por las piscinas bañadas por el sol y los retratos de amigos y personas cercanas.

La piscina se convirtió en uno de sus motivos más reconocibles y aparece en obras fundamentales como A Bigger Splash (1967) y Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) (1972), dos de sus creaciones más emblemáticas. Su célebre serie de retratos dobles incluye también piezas tan importantes como Mr. and Mrs. Clark and Percy (1970-1971) y Christopher Isherwood and Don Bachardy (1968). En años recientes protagonizó grandes exposiciones internacionales, entre ellas la organizada por la Fundación Louis Vuitton de París, que reunió cerca de 400 obras y permitió apreciar la amplitud y diversidad de su trayectoria.
La naturaleza, la luz, las estaciones y sus transformaciones adquirieron una importancia creciente en su trabajo durante las décadas de 1980 y 1990, como reflejan obras como A Bigger Grand Canyon (1998). Ya en el siglo XXI, su mirada regresó a los paisajes de Yorkshire, Londres y Normandía, además de sus vibrantes estudios florales. Mientras buena parte del mundo del arte abrazaba la abstracción, su defensa de la pintura figurativa se convirtió en un gesto casi revolucionario. Entre 2005 y 2013 comenzó a experimentar con el iPhone y el iPad como herramientas artísticas, continuando una relación con la tecnología que ya había explorado años antes mediante collages fotográficos realizados con cámaras Polaroid y otros sistemas de impresión.
Durante los años de la pandemia, instalado en su jardín de Normandía, se dedicó a registrar con meticulosa atención el despertar de la primavera, hoja por hoja y flor por flor. Compartía aquellas imágenes creadas en su iPad con miles de personas a través de medios digitales, acompañándolas con un mensaje optimista que se convirtió en una declaración de principios: “Recuerden que no pueden cancelar la primavera”. Paradójicamente, fue precisamente durante la primavera cuando falleció. Su propia primavera fue la que terminó por apagarse. El color está de luto, pero la obra de David Hockney seguirá iluminando el mundo durante mucho tiempo.
