JESÚS SANTOYO
FOTOGRAFÍA: D.R
Durante más de 25 años, el esfuerzo, la generosidad y el cariño que ha puesto a la causa de los niños con cáncer no tienen parangón. Con los niños ha compartido risas, lágrimas, emociones, películas, libros, bajo el paraguas de la Fundación Aladina. Una organización sin fines de lucro fundada en 2005 por Arango, dedicada a brindar apoyo integral a niños y adolescentes enfermos de cáncer y a sus familias. Su compromiso no tiene fronteras y ahora quiere impulsar en México la ayuda a los niños con Cáncer. El dinero recaudado por sus películas ha ido íntegramente a la causa la que ha dedicado su vida. A la hora de escribir estas líneas el libro agotó existencias en tres días. El dinero de cada ejemplar se destina en su totalidad a la Casa de la Amistad para niños con Cáncer y al hospital Teletón Infantil de Oncología.
“Vivimos”, dice Arango, “en un mundo que corre demasiado rápido para notar las propias señales de la vida misma: aquellos momentos, milagros o “diosidencias”(sic), como él los llama, en donde la capacidad de hacer una pausa nos despierta para aprender a valorar lo más pequeño o lo más grande que encierra nuestra existencia. Detener la prisa cotidiana es, en el fondo, una doble invitación: por un lado, a volver la mirada hacia adentro para apreciar y agradecerla vida misma que se nos ha otorgado; y por el otro, a salir de nosotros mismos para construir y compartir a través del amor”.
No se trata del amor romántico, sino “el amor es el prójimo”. Paco Arango decidió encarnar esta filosofía hace 25 años cuando inició un voluntariado en un hospital infantil de niños con cáncer. Aquella decisión cambió su destino: desde entonces ha estado a pie de cama acompañando a más de 600 niños en sus batallas más difíciles, poniendo susensibilidad no al servicio del ego, sino del consuelo y la dignidad humana.

En el marco del lanzamiento en México de su libro Si no crees en Dios, te doy su teléfono, Arango relata que la convivencia constante con el dolor no ha sido un motivo para el escepticismo, sino el canal donde ha comprendido la verdadera capacidad de entrega. Así recordó a Daniel, un joven de 17 años que temía cruzar hacia lo desconocido: “Le agarré la mano y le dije: ‘Dani, ya… vamos a agarrar el túnel de la luz y vas a abrir esa puerta. Y si no te gusta lo que ves, regresamos, porque yo me voy contigo y te tengo de la mano’. Le llevé por el túnel de la luz e inmediatamente se le puso la mano fría y Dani se fue a la luz”.
Esa vivencia directa no le hizo perder la esperanza, aunque reconoce haberse roto como persona en el proceso. De esa dolorosa reconstrucción interna emergió una certeza profunda que hoy guía cada uno de sus pasos: “El ser humano es capaz de hacer cosas horribles, pero también de hacer cosas maravillosas. No está en juego ni la vida ni la muerte, está en juego el amor”.
Para Arango, la encomienda es entender que el afecto con el que nos acompañamos redefine nuestro paso por el mundo. Ese amor al prójimo se traduce en la búsqueda constante de “intentar dejar este mundo un poquito mejor de como lo encontraste”; un llamado a hacer una pausa, valorar los instantes y transformar la empatía en nuestro modo de habitar la vida.
Al hablar sobre la fe con quienes la han perdido o atraviesan momentos de oscuridad, Arango responde con una empatía desarmante. Entiende el enojo y cuestiona lo inevitable ante la adversidad. “El Excel se lo sacamos siempre a Dios. Cuando pasa algo malo decimos: ‘¿dónde está Dios?’. Pero no nos percatamos del milagro de estar vivos en este planeta entre tres trillones degalaxias. Si te enfadas con Dios, hazlo, porque al enfadarte ya le estás dando existencia”.
Para Paco, criado en un hogar sin educación religiosa formal, la fe no es un dogma cerrado ni una imposición. Es la certeza de dialogar de tú a tú con “el Míster” —como llama a Dios cariñosamente— y la capacidad de descubrir las “diosidencias”(sic): esas pequeñas señales cotidianas que la prisa nos impide notar. A través del libro y de su labor junto a la Casa de la Amistad en México, Arango busca invitar a mirar la vida con asombro, presencia y agradecimiento. “Yo no digo ‘cree en Dios porque te va a ir mejor’; digo ‘cree en Dios porque es absolutamente extraordinario lo que te va a pasar’”. Una invitación sincera a afinar la mirada, cultivar la empatía y reconocer la luz que habita en los actos más sencillos. “No es un libro religioso. Es un libro de esperanza, escrito para quien duda, no para quien cree” aclara. “Los niños con cáncer me han enseñado que los milagros existen”.
