Hay lugares donde el vino parece exigir cierta ceremonia: saber de uvas, regiones, añadas y, sobre todo, qué decir antes de dar el primer sorbo. Somma Polanco propone exactamente lo contrario. En Virgilio 8, el wine bar convierte la copa en una invitación a quedarse, comer, escuchar música y descubrir nuevas etiquetas sin necesidad de llegar con un diploma de sommelier. La idea es sencilla: beber bien, comer mejor y dejar que la noche haga el resto.

La selección de vinos es uno de los pilares de la experiencia. Hay etiquetas de distintas regiones y estilos, desde referencias fáciles de disfrutar hasta botellas menos convencionales para quienes quieren salir de su zona de confort. Al frente está el sommelier Pablo Mata, socio fundador y wine director de Somma, quien combina experiencia en hospitalidad, desarrollo de mercados y formación especializada para construir una carta que busca acercar el vino a la vida cotidiana, más que convertirlo en una clase magistral.

Y como una buena noche rara vez se queda en una sola copa, la barra amplía el recorrido con coctelería de autor y un spritz bar. La cocina entra en escena con platos pensados para compartir y acompañar tanto al vino como a los cócteles. Entre la carta aparecen desde burrata, hummus y croquetas de jamón ibérico hasta tacos de gaonera, pasta trufada y un New York prime; porque aquí la comida no funciona como simple acompañamiento, sino como otra razón para prolongar la sobremesa.

La música termina de cambiar las reglas del wine bar tradicional. Los vinilos, los DJ y un sistema de sonido Hi-Fi forman parte de la identidad de Somma, creando una atmósfera que puede comenzar con una comida y terminar con varias copas. El resultado es un espacio más cercano a la cultura urbana que a la solemnidad de una vinoteca: la botella circula, la conversación fluye y la mesa se convierte en punto de encuentro.

Somma Polanco propone, en definitiva, una manera contemporánea de entender el vino. No hace falta saberlo todo para disfrutarlo ni seguir demasiadas reglas para descubrir una buena botella. Basta con llegar con curiosidad, elegir una copa, pedir algo al centro y dejar que vino, cocina y música hagan su trabajo. Porque algunas experiencias funcionan mejor cuando, sencillamente, nadie está pendiente del protocolo.

