El Diablo en tiempos de algoritmos


MARÍA ESTÉVEZ / FOTOGRAFÍAS D.R.

Entre nostalgia y reinvención, las protagonistas de El Diablo viste a la moda exploran la supervivencia de la prensa escrita contra el auge de la IA. Hubo un tiempo en el que el mundo mandaba el papel. Las revistas dictaban tendencia y el pulso cultural se medía en portadas. Un año después del estreno de The Devil Wears Prada, en 2007, apareció el iPhone. Y con él ocurrió una transformación híbrida que hoy resulta irreversible. Desde el vértigo de ese cambio regresan Meryl Streep y Anne Hathaway, quienes retoman sus personajes en una secuela atravesada por la incertidumbre de la era digital.

(L-R): Miranda Priestly (Meryl Streep) and Andie Sachs (Anne Hathaway) in 20th Century Studios’ THE DEVIL WEARS PRADA 2. Photo by Macall Polay. © 2025 20th Century Studios. All Rights Reserved.

“El filme que hicimos en 2006 se estrenó un año antes de que apareciera el iPhone. No había iPhones. Y esa pequeña máquina que hoy todos llevamos en el bolsillo ha cambiado radicalmente el mundo. Ha transformado el ecosistema editorial, la manera en que consumimos información y también nuestra industria. Todo se ha fragmentado. Antes había una cierta estabilidad en los modelos económicos; hoy vivimos en un terreno movedizo, donde cada decisión parece provisional. No diría que el cine o el periodismo están condenados, pero sí que están obligados a reinventarse constantemente”, afirma Meryl Streep.

“Estoy completamente de acuerdo con Meryl. El impacto de la revolución digital ha sido tan profundo que aún estamos tratando de comprenderlo. Y cuando lo miras desde el punto de vista de Andy Sachs, se vuelve aún más evidente. En la primera película tenía 22 años, acababa de salir de la universidad, tenía entusiasmo y ambición, pero muy poca experiencia vital. Ahora han pasado 20 años. Ha vivido, ha trabajado, ha tomado decisiones difíciles. Ya no es una observadora del mundo: forma parte de él”, añade Anne Hathaway.

La historia de la secuela propone una mirada hacia atrás. Recupera un momento anterior a la hegemonía digital, cuando las revistas impresas concentraban poder y la mediación cultural tenía estructuras distintas. Dos décadas después, ese mundo ha cambiado sus hábitos, dejándose arrastrar por el poder de los algoritmos, mientras el periodismo se diluye. “Creo que Andy ha adquirido herramientas que antes no tenía. Ha ganado experiencia, perspectiva y, sobre todo, confianza. Y esa confianza es algo que ha ido construyendo con el tiempo, a base de errores y aprendizajes. Andy vuelve al universo de Miranda porque busca una estabilidad que el periodismo no le ofrece. Su recorrido es lo que hace interesante esta historia”, continúa Hathaway.

MEXICO CITY, MEXICO – MARCH 30: Anne Hathaway and Meryl Streep during a Q&A for the movie ‘The Devil Wears Prada 2 at Casa Azul on March 30, 2026 in Mexico City, Mexico. (Photo by Angel Delgado/Getty Images for Disney)

La secuela se ha convertido ya en un fenómeno global antes de su estreno. Durante semanas, su presencia ha sido constante en aeropuertos, redes sociales, escaparates y cadenas de consumo. La iconografía de Miranda Priestly se reproduce hasta la saturación en una estrategia que convierte la película en una experiencia total. “La película se sitúa 20 años después, en un mundo mediático completamente distinto. Miranda Priestly sigue siendo una figura poderosa, pero ahora se enfrenta a algo que no puede controlar del todo. Sufre la transformación estructural de su industria. Runway atraviesa dificultades. Y entonces aparece Andy, que ha seguido otro camino, más cercano al periodismo de investigación, a un tipo de trabajo con aspiraciones más amplias. Con su regreso, ambas descubren que se necesitan. Están, de alguna manera, en el mismo barco, tratando de no hundirse”, señala Streep.

Viviendo en un tiempo en el que no basta con ver la película, la actriz reconoce que hay que habitarla: consumirla, vestirla, compartirla. La narrativa se funde con el mercado del consumo en una dinámica cada vez más dominante en la industria cultural contemporánea. Para Streep, el rodaje de esta nueva entrega fue muy distinto. “Llegué con una actitud diferente. En la primera película, mi relación con Anne fue otra porque no nos conocíamos. En ese primer rodaje tuve una actitud muy abierta, casi festiva, pero pronto entendí que eso no funcionaba para el personaje. Miranda no podía ser accesible. Así que me aislé, me metí en mi propio espacio, y eso marcó la dinámica entre nosotras. En esta segunda parte decidí hacer lo contrario: integrarme, disfrutar del grupo. Anne ya no es aquella joven que empezaba; ahora es una actriz madura, con una presencia muy sólida. Ha sido un rodaje muy feliz”, concluye.

En ese cruce de caminos se sitúa la película: entre la nostalgia y la transformación; entre lo que desaparece y lo que intenta adaptarse; entre un mundo que ya no existe y otro que todavía no termina de definirse. Para Hathaway, trabajar junto a Streep cambió por completo su carrera. “Lo que recuerdo del primer rodaje es que me sentía sobrepasada por el talento de Meryl. No solo por lo que hacía delante de la cámara, sino por cómo escuchaba. Eso fue una revelación para mí. Yo estaba preocupada por ‘hacerlo bien’, por cumplir. Ella estaba viviendo la escena desde un lugar mucho más profundo. Aprendí muchísimo solo observándola. Creo que nuestra química nace de ahí: de una admiración muy real”, concluye Hathaway.

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