MARÍA ESTÉVEZ
Hay intérpretes que construyen una carrera y hay otros, muy pocos, que parecen actuar en combustión. Jessie Buckley pertenece a esta segunda categoría. Tras el impacto de Hamnet y el vértigo creativo de The Bride!, su nombre circula en la industria con una mezcla de consenso crítico y fascinación casi visceral. Sin duda, es la actriz del momento: su presencia domina la escena cinematográfica. Su hambre artística está siendo reconocida por la industria. Buckley ha ganado el Oscar a Mejor Actriz, tras obtener también el Globo de Oro y el Critics’ Choice. Paul Mescal, pese al reconocimiento crítico, quedó fuera de las nominaciones, algo que ella lamentó con una generosidad poco habitual: “Para mí, él es absoluto. No existe Agnes sin Paul. Lo que se reconoce es tan suyo como mío”.En Hamnet, dirigida por Chloé Zhao, Buckley compone a Agnes como si el dolor fuera una materia física que atraviesa el cuerpo.
La película, adaptación de la novela de Maggie O’Farrell, se sitúa en ese territorio delicado donde la pérdida deja de ser narración para convertirse en experiencia compartida. En la escena final, Agnes asiste a una representación de Hamlet en el Globe. Buckley apenas pronuncia palabras, pero su rostro concentra toda la película. “Ella busca lo que ha perdido. Hacer responsable a su marido por haber transformado su dolor en algo que no comprende, la enfurece. Y luego, hay una rendición profunda a sus palabras, a sus sentimientos. Esa es la magia de una historia lo suficientemente grande para sostener su sufrimiento. Ella entiende que son los desconocidos, con sus propios duelos, quienes dan sentido a su dolor”.En ese instante, Hamnet deja de ser solo una lectura de Shakespeare y se convierte en una reflexión sobre el arte como espacio compartido del dolor humano. “Ese es el talento de Chloé para transmitir la experiencia”.

En realidad, es Buckley —madre, mujer, actriz en Hollywood— quien encarna esa idea con una honestidad brutal. Como Agnes, actúa desde un lugar donde el arte deja de ser representación y se convierte en necesidad. Ese mismo impulso, llevado al límite, atraviesa The Bride!, la película de Maggie Gyllenhaal que reimagina el mito de Frankenstein desde el punto de vista de la criatura femenina. Si Hamnet era un ejercicio de contención, aquí Buckley se lanza a un territorio de expansión radical. Frente a la cámara, encarna a esa criatura en proceso, como un cuerpo y una conciencia que se descubren al mismo tiempo.“Primero, es una oportunidad increíble dar voz a algo que antes no la tenía”, explicó la actriz durante la presentación del filme. “Pero no se trata de llegar con una idea clara de quién es. Ella despierta con preguntas enormes”. Esa incertidumbre es el núcleo de su interpretación. “Está completamente viva, de una forma casi monstruosa —en el mejor sentido—, como un rayo.
Está cuestionando todo para descubrir quién es”.La relación con el mundo, y con el hombre al que ha sido destinada, se articula desde esa curiosidad radical. “No está gritando, no. Está preguntando: ¿dónde estoy?, ¿qué es esto?, ¿qué es el amor?, ¿qué es el matrimonio? ¿Qué tengo que decirle a este mundo que creo que puede contenerme entera?”, apunta la actriz. “Hay aspectos monstruosos dentro de todos nosotros. Cosas que sentimos que no están permitidas”. Y añade: “Puedes pasarte la vida huyendo de ellas o darte la vuelta y estrecharles la mano”.Su interpretación no suaviza lo monstruoso, lo intensifica. “Está tratando de sobrevivir para descubrirse. Su mente y su cuerpo están en una conversación profunda con la realidad en la que despierta”. Ese gesto conecta de forma inesperada con Agnes. Buckley lo explica: “La mujer que emerge en Hamnet30MAYO2026 nace, en cierto modo, de la experiencia previa en The Bride!.
La mujer que encuentras al principio de Hamnet es la mujer que dio a luz en mí durante The Bride!. Una mujer con un lenguaje propio, profundamente encarnada, lista para amar salvajemente, en sus propios términos”.Buckley se desliga de las categorías habituales del star system. No responde a la lógica de la transformación espectacular ni a la del virtuosismo visible. Su trabajo se sitúa en la incomodidad de la exposición. Cada papel parece exigir una forma distinta de verdad. Esa intensidad tiene también una dimensión política, aunque nunca se formule de manera explícita. En The Bride!, la criatura femenina no busca encajar en el molde de esposa que le ha sido impuesto. “Creo que este mundo puede sostener todo lo que soy, no solo una parte”, afirma Buckley. Ambas películas dialogan, además, con la historia cultural que las precede.
La novia de Frankenstein de 1935, interpretada por Elsa Lanchester, apenas tenía voz; aquí, esa ausencia se convierte en punto de partida. Del mismo modo, la figura de Shakespeare en Hamnet queda desplazada para poner en el centro a quien transforma el dolor frente a quien lo vive.la actriz se mueve con una libertad inusual en ambos casos, tratando de dar voz a las mujeres silenciadas. “Trabajar desde un lugar donde el arte se vuelve necesario es parte de mi identidad”. Quizá por eso su colaboración con Gyllenhaal resulta tan fértil. Ambas comparten una forma de entender el cine como espacio de búsqueda. En un momento en que la industria tiende a premiar la repetición de fórmulas reconocibles, la irrupción de una figura como Buckley introduce una anomalía. Sus actuaciones no se moldean para la tranquilidad del espectador y, sin embargo, uno termina disfrutando de la incomodidad que provocan. Sus interpretaciones nos invitan a descubrir una nueva forma de vivir el cine.
