IRENE CRESPO
FOTOGRAFÍA ROBERT DEUTSCH
No hacía ni tres semanas que John F. Kennedy había sido elegido presidente número 35 de los Estados Unidos cuando John Fitzgerald Kennedy Jr. llegó al mundo: el 25 de noviembre de 1960. Era el tercer hijo de Kennedy y Jacqueline, después de Caroline y Arabella, que nació muerta. Llegó, por tanto, después de una de las primeras y mediáticas tragedias que rodearon a la familia. John-John le bautizó la prensa por un periodista que escuchó mal el nombre en su presentación pública. También simplemente le llamaban como a su padre, pero con coletilla: JFK Jr. Y como en casa su padre era cariñosamente Jack, él era John… o Sam, como le decía su padre para tomarle el pelo. Uno de los pocos recuerdos que conservaba de él, como contó en alguna de las escasas entrevistas que dio: “Me llamaba Sam y me molestaba mucho, me ponía muy nervioso, yo le decía que no me llamaba así y él me decía: ‘Lo siento, Sam”.

Su madre con aquel velo negro cubriéndole la cara, él y su hermana Caroline, vestidos exactamente iguales, abriguito, calcetines blancos, y él saludando formalmente (casi como un soldado más) al paso del féretro del presidente: su padre. Tenía solo tres años cuando JFK fue asesinado y las imágenes de felicidad de aquel niño jugando en la mesa del Despacho Oval en la Casa Blanca se transformaron en las del drama familiar. El final de una breve y heroica vida, a la que Jacqueline Kennedy le puso el sello de leyenda al compararla con la de los protagonistas del musical de moda en aquellos años sesenta, Richard Burton y Julie Andrews. “No olviden que una vez hubo un lugar, por un breve momento brillante, que fue conocido como Camelot”.

Según le contó ella al periodista Theodore H. White para aquel artículo de despedida, “para Jack, la historia estaba llena de héroes” y eso le determinó a convertirse en uno. “Jack tenía esta idea heroica de la historia, la visión idealista”. Una concepción, una idea del paraíso (Camelot), que el único hijo varón de la pareja heredó sin desearlo. Las expectativas puestas en él desde que era un niño eran enormes. Venía de una familia privilegiada y, sobre todo, política, con todo lo que eso conllevaba. Su padre esperaba que siguiera una carrera en esa dirección, en el camino del servicio y la responsabilidad pública; y fue su madre, según contó el propio John-John, la que logró frenar algo de esas ambiciones que les enseñaban en Hyannis Port, en la residencia familiar de Massachusetts en la que se refugiaban. “Ella pensaba que era mejor saber quién eres y cuál es tu lugar en la vida antes de asumir todo eso. Así que el saludable escepticismo con el que nos educó mi madre nos hizo a mi hermana y mí la vida más fácil”, le dijo a Katie Couric en la última entrevista que concedió antes de su terrible muerte dos meses después junto a su entonces mujer, Carolyne Bessette, y su cuñada Lauren en una avioneta pilotada por él.
“Imaginen la humillación pública que sufrió al ser objeto de burlas despiadadas por no aprobar el examen de abogacía, no una, sino dos veces”, escribió Kouric hace unas semanas, recordando aquella entrevista y ante toda la atención que ha recuperado el nombre e imagen de John F. Kennedy Jr. con el estreno en Disney+ de la miniserie antológica producida por Ryan Murphy (American Horror Story, Feud), Love Story: “Las expectativas que recaían sobre él simplemente por su apellido eran enormes, pero de alguna manera lo superó con mucha elegancia”.
Para él fue siempre un equilibrio de fuerzas, el peso de un apellido así y un legado tan grande era a la vez un desafío y una oportunidad. “Hay una gran responsabilidad y muchas expectativas. Una parte de uno quiere abordarlas de alguna manera y tal vez hacer algo diferente, pero también simplemente involucrarse en ellas”, le dijo a Oprah Winfrey en una entrevista televisada en 1996. Y esa sencilla respuesta explica un poco los pasos que dio en sus años formativos: entre lo que se esperaba de él y lo que él quería hacer.
Romantizar una vida

Tras el asesinato de su tío Robert Kennedy, en 1968, Jacqueline sacó a sus hijos del país y poco después ella se casó con Aristóteles Onassis y se instalaron en la isla griega Skorpios. John-John siguió después con su educación de prestigio en varios colegios de Nueva York y, en cuanto se graduó y se desprendió de la seguridad impuesta como hijo de presidente, empezó a viajar y comenzó otro camino de servicio público al que siempre estuvo ligado, el de las organizaciones benéficas. Viajó por Sudáfrica para luego escribir sobre el apartheid, a Guatemala tras el terremoto, en kayak por el archipiélago Aland (que luego relató en un artículo en el New York Times)… Se graduó en Estudios Americanos y también en Derecho y, en efecto, no pasó el examen de abogado hasta el tercer intento, lo que por fin le permitió entrar a trabajar como fiscal en Nueva York a principios de los noventa.
Su vida parecía un reflejo de esa frase muy de Hollywood, la meca en la que bien podía haber sido una estrella: “Una para ellos, una para mí”. Porque entre todo el trabajo y apariciones serias que le imponían como Kennedy (convenciones demócratas, campañas electorales…), coló hasta sus pinitos en el teatro y, después de unos años de ser un respetado fiscal, abandonó la carrera legal para fundar en 1995 una revista, George, cuya primera controvertida portada llevaba a una Cindy Crawford (top model, su expareja) vestida de George Washington. A pesar de esa imagen, o justo por ella, fue una prestigiosa publicación política que pretendía atraer a ese mundo a las grandes compradoras del papel cuché, las mujeres. De hecho, llevó seriamente a muchas de ellas a su interior (exponiendo su trabajo no tan visibilizado entonces) y con intención provocadora a su portada: como la que protagonizó la actriz Drew Barrymore deseándole a Bill Clinton un “Happy birthday, Mr. President” que muy intencionadamente recordaba aquella canción que Marilyn Monroe le había entonado a su padre, JFK, entre rumores de affaire.
Mientras su madre cerró por completo la puerta a los medios (“Simplemente, su vida era más fácil si la vivía en privado. Y una vez que empiezas a responder preguntas, ¿dónde pones el límite? Fue una consideración práctica que tenía más sentido para ella”, explicó él mismo sobre el silencio público de Jacqueline, él aprendió a jugar con la atención que no podía evitar por su físico, su legado, su estudiada normalidad… Ya fuera jugando al fútbol sin camiseta en Central Park o moviéndose en bicicleta por Manhattan, marcaba estilo. Y, además, salía con mujeres guapas.
Sus sonadas y perseguidas relaciones con actrices y modelos, como Cindy Crawford, Sarah Jessica Parker, Brooke Shields o Daryl Hannah, eran un imán demasiado potente para la insaciable prensa rosa de finales del siglo XX. Mujeres cool en aquellos ochenta y noventa que añadían glamur a su ya mitificada y envidiada existencia de galán. Otra capa más del mito erótico que fue (el único no actor nombrado como “el hombre más sexy” por la revista People en 1988) y que aún es, a la vista de las reacciones a la mencionada serie, de admiración desde la generación Z, de enfado desde los protagonistas reales… Daryl Hannah, por ejemplo, a la que conocía desde la infancia porque sus familias veraneaban juntos y con la que mantuvo la relación más larga e inmediatamente anterior a Carolyn Bessette, aparece en Love Story, interpretada por Dree Hemingway, en un retrato que la actriz ha criticado en una carta en The New York Times, tachando a la serie de machista, oportunista y falsa y recordando lo que le dijo su –durante un tiempo– suegra: “Me dijo que, aunque los tabloides, las revistas y los periódicos a menudo vendían mentiras ridículas, al día siguiente no servían más que para forrar la jaula de los pájaros”. Y, sin embargo, según ella, hoy “un retrato dramatizado puede convertirse, para millones de espectadores, en la versión definitiva de la vida de una persona de verdad”.
También el sobrino de John-John, hijo de Caroline, hermano de la recientemente fallecida Tatiana, Jack Schlossberg, ha tildado de “grotesca” esta ficcionalización de la historia de amor entre JFK Jr. y la publicista de Calvin Klen, esa historia con la que se llenaron páginas de revistas y minutos de televisión en robados a la puerta de su casa, por las calles de Nueva York… Imágenes que han conquistado hoy las redes sociales aprovechando el revival del minimalismo noventero en la moda y que nos hacen pensar en cómo se construyen los iconos con esa inherente eternidad quizá no deseada. Porque quizá John-John no escribió realmente su historia sino que, como Jacqueline dijo alguna vez de su padre, fue la historia la que le hizo a él.
