En Mérida todavía existen puertas que parecen guardar otra época. Una de ellas se abre en la Calle 57 y conduce hasta Mansión Xodó, una casona porfiriana del siglo XIX que encontró una nueva vida entre obras de arte contemporáneo, diseño y hospitalidad personalizada. Más que un lugar para pasar la noche, la propiedad propone algo bastante más tentador, tener una casa entera para perderse en ella.

La arquitectura original es parte esencial del encanto. Muros de mampostería, techos de gran altura, pisos de mosaico de pasta y patios interiores conviven con una intervención contemporánea realizada por Utópica Estudio y la arquitecta Guiomar Peniche. El resultado evita convertir la historia en museo y, en cambio, la convierte en escenario para vivirla, recorrerla y disfrutarla.

Después aparece el arte, y prácticamente cada recorrido por la casa se convierte en una pequeña visita de galería. La colección reúne piezas de nombres como Gonzalo Lebrija, Pedro Reyes, Elena Damiani, Dr. Lakra, Carlos Amorales y Sofía Táboas, mientras que las habitaciones exploran distintas referencias estéticas, desde el arte clásico hasta el wabi-sabi japonés y el Art Déco yucateco.

Pero Xodó también sabe que una buena escapada necesita algo más que belleza. La residencia cuenta con spa, gimnasio, cine privado, bar, cava subterránea, alberca inspirada en un claustro sevillano y servicio de chef privado, con desayunos incluidos y la posibilidad de diseñar experiencias gastronómicas a la medida. Y aquí está uno de sus grandes atractivos, la propiedad se renta completa y puede recibir grupos privados, por lo que la experiencia no se comparte con otros huéspedes.

El nombre lo resume bastante bien. Xodó es una palabra portuguesa asociada con el afecto profundo y el apego especial, justo la sensación que busca provocar esta casa después de haber sido restaurada y convertida en una residencia contemporánea. Entre una copa en la cava, una película por la noche, un chapuzón en la alberca o simplemente una caminata por sus pasillos, Mansión Xodó propone una forma distinta de conocer Mérida, no desde una habitación de hotel, sino desde una casa que por unos días puede sentirse completamente propia.

