En San Ángel, entre casonas históricas y plazas que conservan el encanto de otra época, OXA propone una escapada gastronómica sin salir de Ciudad de México. Ubicado en Plaza San Jacinto número 11, este restaurante pone sobre la mesa la diversidad culinaria del país con una cocina que mira hacia las raíces prehispánicas y los sabores de cada territorio. Al frente está la chef Ana Martorell, quien convierte el producto mexicano y la tradición en los protagonistas de una experiencia con personalidad propia.

El escenario también tiene mucho que contar. OXA ocupa una casona del siglo XVI cuidadosamente restaurada, donde la arquitectura original convive con detalles artesanales y una atmósfera que invita a bajar el ritmo. Su espacio principal es un jardín al aire libre, con mesas rodeadas de vegetación y un enorme árbol milenario que atraviesa el techo transparente. Un rincón con historia, perfecto para alargar la sobremesa y recordar que comer bien también consiste en disfrutar del lugar.

En la cocina, el recorrido por México se construye a través de ingredientes seleccionados, sabores reconocibles y técnicas ancestrales que mantienen viva la memoria culinaria. La propuesta respeta el origen de cada preparación, pero encuentra su propia personalidad en el equilibrio entre tradición y creatividad. El resultado es una experiencia que invita a descubrir la gastronomía nacional desde distintas perspectivas, sin perder de vista aquello que hace especial a cada ingrediente.

Entre los platos imperdibles destaca el salmón con costra de pistache, acompañado de puré de papa al betabel y mole rosa. La combinación juega con texturas, matices y contrastes, mientras el mole aporta un sello mexicano a una preparación que se sale de lo convencional. El rosa, además, no es un detalle casual en esta historia, sino el hilo conductor de la identidad del restaurante.

OXA toma su nombre de una palabra de origen otomí que significa «rosa», una tonalidad que inspira parte de su universo gastronómico y visual. La propuesta de Ana Martorell demuestra que rendir homenaje a la cocina mexicana no significa quedarse anclado en el pasado, sino encontrar nuevas formas de contar sus historias. En esta dirección de San Ángel, la tradición se sirve a la mesa con elegancia, un punto de curiosidad y muchas razones para quedarse un rato más.

