Pierce Brosnan, licencia para… pintar

¿Bueno? Soy Pierce. Pierce Brosnan”. Así comienza, con el inconfundible timbre de barítono con el que alguna vez pedía un vodka martini (agitado, no revuelto), la conversación con el ex agente James Bond. Gentleman lo contactó en su refugio de la costa norte de Kauai, la isla más salvaje del archipiélago hawaiano, donde desde hace años vive con su segunda esposa, Keely, en una casa frente al océano Pacífico. Sopla un viento fuerte que azota la línea, pero la interferencia se corta con otro ruido, mucho más peculiar. “Son mis gallinas”, explica, divertido. ¿Gallinas? “Tenemos muchísimas»” ¿Se las comen? “Ay, no. Andan libres y felices. Solo les robamos algunos huevo”.

Brosnan tiene la voz tranquila y relajada de quien por fin encontró el equilibrio justo para que convivan sus distintas facetas. Está el cine, por supuesto, esa parte de su vida que siempre ha estado bajo los reflectores: además de las cuatro películas de 007 que protagonizó, tiene en su haber unos 70 títulos entre cine y series de televisión. Sus éxitos más recientes lo confirman en un estado de gracia: desde The Thursday Murder Club, la producción de Netflix en la que actúa junto a Helen Mirren, hasta la aclamada serie MobLand, producida por Guy Ritchie, y actualmente en su segunda temporada estrenanda en México a través de Paramount+.

Pierce Brosnan y Stefanie Hering. Ambos trabajan en su segunda colaboración de esculturas.

Y luego está la pintura. Una pasión que intentó a los 16 años, después de dejar la preparatoria, indeciso entre convertirse en policía (“Era un excelente Tirador”) o vivir como artista, pintando en alguna buhardilla destartalada de Londres. “Pero en aquel entonces nadie quería mis obras, así que todo terminó en un empleo como aprendiz de ilustrador y diseñador gráfico publicitario en una pequeña agencia del sur de Londres”. El destino quiso que, justo en ese estudio, un compañero le sugiriera tomar un taller de teatro. Ahí Brosnan descubrió la actuación, dejó el diseño gráfico y estudió tres años en el Drama Centre de Londres. El resto es historia. Pero la pintura, siempre presente. Omnipresente, como un gesto íntimo, terapéutico, casi secreto. Se volvió central en 1987, tras el diagnóstico de una enfermedad incurable de su primera esposa, Cassandra Harris. “Esa noche pinté un cuadro, One Dark Night. Pensé que saldría algo sombrío; en cambio, surgió color puro”. Un arte que, desde entonces, es su contrapeso también en los momentos felices, como el de su consagración mundial en 1995, cuando debutó en GoldenEye en el papel de 007, con su nuevo esmoquin firmado por Brioni, la misma marca que hasta hoy lo acompaña en las alfombras rojas, cuando deja de lado su uniforme de isleño zen hawaiano hecho de shorts, playeras y sus infaltables Birkenstock.

“Filmamos GoldenEye en los estudios Leavesden, en Londres, una exfábrica de Rolls-Royce”, cuenta Brosnan. “Me dieron un camerino que convertí en mi estudio; tenía ventanas por las que entraba una luz maravillosa. Actuar siempre es un oficio solitario, pero cuando se filman películas de acción se pasa todavía más tiempo esperando. Si ya conoces la escena y no tienes diálogos que repasar, te quedas con horas libres. Y yo no puedo quedarme quieto. Esa vez terminé un lienzo, Earplugs –tapones para los oídos–. Hoy lo compró uno de mis coleccionistas, pero todavía tengo las fotografías de mí en esmoquin, pintando entre toma y toma. Desde entonces, en cada set, reconstruyo mi estudio: tener un caballete o una mesa llena de lápices y pinceles calma mi ansiedad y mantiene viva mi alma”.

Uno de sus cuadros, Whispers (2022).

Y no solo eso… Porque desde hace un tiempo, los lienzos del ex 007 han conquistado un sólido mercado de coleccionistas dispuestos a pagar hasta 1.4 millones de dólares por una sola pieza. Así ocurrió con su retrato de Bob Dylan, subastado en Cannes, en la gala del amfAR contra el sida, en 2018. “Debo decir que el precio base de la subasta lo decidió mi esposa Keely. Yo estaba dispuesto a venderlo por unas cuantas decenas de miles de dólares. Pero hay que admitir que esa noche volvimos a casa dando saltos de alegría por la cifra que se recaudó…”, precisa con la misma serenidad zen con la que el ex 007 observa también los fenómenos de la actualidad, como la inteligencia artificial. “Es inútil combatirla, uno solo se arriesga a salir lastimado; mejor aprovechar sus derivas más interesantes”, dice, citando a uno de sus maestros favoritos, el artista David Hockney, fallecido recientemente.

Y así, a los 73 años, con la sabiduría de quien ha acumulado suficiente vida como para hacerse una filosofía, Brosnan parece conservar el mismo impulso ecléctico de aquel muchacho de 16 años que quería ser pintor de grande. Hay un pragmatismo casi pop en su energía, como cuando admite que: «hay que pagar la renta y los impuestos, nadie te hace descuentos, es una lucha estupenda»; de hecho, también por eso pronto viajará a Australia, al set de un thriller.

El actor Pierce Brosnan con una de las obras de edición limitada nacidas de su colaboración con la diseñadora Stefanie Hering.

Y luego está su vida como pintor: tras el éxito de su primera retrospectiva, So Many Dreams —50 pinturas y 100 dibujos curados por su esposa Keely—, Brosnan está a punto de lanzar su segunda colección de vasijas escultóricas junto con Stephanie Herring y, por si fuera poco, se prepara para desembarcar también en Art Basel Miami junto con su hijo Paris, quien también es pintor. “Le transmití mi amor por Matisse, Van Gogh, Bonnard, Basquiat. Pintamos juntos cuando regreso a la otra casa que tenemos en Malibú. Pero él es velocísimo: mientras yo pierdo tiempo limpiando los pinceles, él ya terminó uno de sus enormes lienzos”. Del otro lado de la línea, la comunicación vuelve a interrumpirse. Esta vez no son las gallinas, sino, como el propio Pierce admite, un carrito de golf lleno de amigos rumbo al green. Todavía hay tiempo para una última pregunta: ¿qué le diría hoy a aquel muchacho que quería ser artista? «Sigue haciendo lo que estás haciendo. Todo va a estar bien. Sé fuerte y sé amable contigo mismo y con los demás. Y recuerda que, al final, no se necesita mucho: una buena cama para dormir, una linda mesa para leer, una ventana para mirar hacia afuera. Ah, se me olvidaba, también una buena botella de vino”.

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