Hay directores que filman películas y otros que parecen empeñados en construir mundos enteros. Christopher Nolan pertenece claramente a la segunda categoría. Con La Odisea, su nueva adaptación del poema de Homero, el cineasta británico vuelve a demostrar que la palabra “épica” todavía puede significar algo en una sala de cine. Estrenada en México el 16 de julio, la película no solo reinterpreta el viaje de Odiseo: lo convierte en una experiencia monumental filmada con cámaras IMAX, escenarios gigantescos y locaciones reales que parecen salidas directamente de un mito antiguo.

Nolan comenzó por el principio: entender el espíritu de Homero. Dos conceptos griegos guían toda la película, Xenia, la hospitalidad hacia el viajero, y Nostos, el regreso a casa como transformación personal. Lejos de ser simples referencias académicas, funcionan como el corazón emocional de la historia. Esa obsesión por la autenticidad explica por qué el director prefirió construir físicamente muchos de los elementos de la película en lugar de depender exclusivamente de efectos digitales.

La escala del rodaje es, sencillamente, descomunal. La producción utilizó 2.1 millones de pies de película IMAX, equivalentes a más de 600 kilómetros de rollo, una distancia superior a la que separa Toronto de Nueva York. Para mover semejante maquinaria cinematográfica, el equipo recurrió a las nuevas cámaras IMAX Keighley®, fabricadas con fibra de carbono, el mismo material empleado en los monoplazas de Fórmula 1. Más ligeras y resistentes, permitieron rodar secuencias complejas sin sacrificar la espectacularidad visual que caracteriza al director de Interstellar y Oppenheimer.

La búsqueda de verdad alcanzó incluso al elenco. Anne Hathaway aprendió a tejer en telar con una especialista en técnicas ancestrales para interpretar a Penélope, mientras el departamento de vestuario confeccionó 5,300 piezas inspiradas en referencias de la época micénica. Y luego está el detalle que hará discutir a los amantes de la mitología: el nuevo Caballo de Troya no tiene ruedas. Nolan lo imaginó como una ofrenda abandonada en la playa, una decisión que vuelve mucho más creíble que los troyanos decidieran introducirlo en la ciudad.

Quizá el secreto más fascinante sea el barco de Odiseo. En lugar de construir una réplica de estudio, la producción encontró en Noruega el Draken, una embarcación vikinga real construida con técnicas tradicionales y capaz incluso de cruzar el Atlántico. Con mínimas modificaciones, se transformó en el navío del héroe griego. Ese gesto resume perfectamente la filosofía de Nolan: cuando el cine puede tocarse, pesa más; cuando navega de verdad, el espectador también siente el viento. Y tal vez por eso La Odisea se percibe menos como una superproducción moderna y más como una aventura clásica filmada con las herramientas del siglo XXI.

