Hay restaurantes que cambian de carta y otros que, de paso, cambian el ritmo de una ciudad. Lalo, el ya clásico de la colonia Roma, inicia una nueva etapa después de más de una década de formar parte de la vida cotidiana de la zona. La inspiración llega desde Italia, de los viajes realizados por Lalo García y Gaby López a distintas regiones del país, pero la intención no es abrir otra trattoria italiana en Ciudad de México. Aquí se trata de convertir experiencias, sabores y aprendizajes en una propuesta propia, cercana y generosa, donde la mesa vuelve a ser protagonista. Y sí: la idea es llegar con hambre y, de preferencia, con amigos.

La nueva carta apuesta por una cocina italiana sin demasiados protocolos y con bastante apetito. Pastas hechas en casa, pizza romana y platos pensados para compartir construyen un menú que recorre distintas tradiciones regionales desde la mirada de Lalo García. La filosofía es casi tan importante como las recetas: pedir varias cosas, probar de todo, pasar el plato, discutir cuál está mejor y, eventualmente, terminar pidiendo otro. Una fórmula que parece sencilla, pero que reivindica uno de los grandes placeres de comer bien: que la comida sea también una excusa para quedarse un rato más.

El viaje continúa en la copa con una selección de vinos italianos y mexicanos, además de aperitivos y cocteles clásicos que acompañan esta nueva personalidad. La propuesta está diseñada para comida y cena, pero sobre todo para recuperar ese concepto que en México conocemos perfectamente y que en Italia dominan con maestría: la sobremesa. “Lalo ha crecido con nosotros. Después de viajar, probar y aprender, quisimos que el restaurante madurara, sin perder nuestra esencia”, explica Lalo García. Una declaración que resume bien el espíritu del proyecto: evolucionar sin ponerse demasiado solemne.

También el espacio se ha puesto en modo dolce vita. En colaboración con Charles de Lisle, Lalo estrena una atmósfera más cálida e íntima, inspirada en las trattorias italianas desde una perspectiva contemporánea. Materiales, texturas y una distribución pensada para favorecer la conversación transforman el restaurante sin borrar esa familiaridad que lo convirtió en un favorito de la Roma. Es una evolución más que una ruptura: menos “mírame” y más “siéntate, pide algo y quédate”.

Con esta nueva etapa, Lalo confirma que la hospitalidad puede ser tan importante como una buena receta. La cocina italiana funciona aquí como punto de partida para una experiencia que habla de viajes, encuentros y de ese placer casi olvidado de comer sin mirar el reloj. El proyecto comienza con servicio de comida y cena y, durante los próximos meses, recuperará también los desayunos. Porque si algo ha aprendido Lalo después de todos estos años es que una buena mesa nunca necesita demasiadas razones para volver a reunirse.
