Hay algo muy elegante en ver fútbol con una copa de champagne en la mano. Durante décadas, el ritual mundialista estuvo ligado a cervezas, botanas improvisadas y televisores gigantes saturados de ruido. Pero en 2026, mientras la Ciudad de México se transforma en una de las capitales globales del torneo, algunos lugares están proponiendo una forma mucho más sofisticada —y bastante más divertida— de vivir cada partido. Uno de ellos es Granate, el wine bar de Río Tigris que acaba de unirse con Taittinger para crear probablemente una de las colaboraciones gastronómicas más interesantes de toda la temporada mundialista.

La alianza tiene bastante sentido cuando entiendes qué representa cada uno. Por un lado está Taittinger, champagne oficial de la FIFA desde 2013 y una de las maisons históricas más elegantes de Francia. Del otro, Granate, ese pequeño refugio inspirado en las barras españolas donde siempre parece existir una mezcla perfecta entre vino, conversación y gente que llega diciendo “solo una copa” y termina cerrando la noche entre croquetas, vermut y recomendaciones improvisadas de la barra. El resultado no intenta sentirse exclusivo ni pretencioso; más bien funciona como ese lugar donde el fútbol se vuelve una excusa para comer bien, brindar mejor y alargar sobremesas infinitas.

Para acompañar los partidos, Granate diseñó una experiencia bastante tentadora: champagne Taittinger a precio especial, una botella conmemorativa de edición limitada creada específicamente para el Mundial y un plato botanero pensado para sobrevivir noventa minutos completos de emociones futboleras. Hay papas saratoga hechas en casa, aceitunas, chiles güeros, queso manchego y jamón serrano, todo servido bajo esa lógica de barra española donde compartir comida importa tanto como el marcador. La botella merece mención aparte: completamente negra, con degradados holográficos inspirados en México, Canadá y Estados Unidos, parece más cercana a un objeto de diseño que a una etiqueta tradicional de champagne.


Pero quizá lo más interesante sea cómo Granate logra escapar del típico restaurante “temático” que aparece cada Mundial. Aquí el fútbol no sustituye la identidad del lugar; simplemente se integra de manera natural a una atmósfera que ya existía antes. Desde que Polo Luna abrió el proyecto inspirado en aquellas barras tranquilas de Bilbao, el objetivo siempre fue construir un espacio de comunidad donde la gente pudiera llegar a refugiarse del caos cotidiano entre vinos accesibles, cocina reconfortante y conversaciones espontáneas con desconocidos que terminan sintiéndose vecinos. Algo muy parecido a lo que ocurre durante un Mundial, solo que acompañado de mejor vino.


En una ciudad saturada de experiencias ruidosas durante la Copa del Mundo, Granate parece haber entendido algo importante: no todo necesita pantallas gigantes ni gritos para sentirse emocionante. A veces basta una buena barra, un champagne impecable y el tipo de lugar donde un partido termina convirtiéndose en pretexto para quedarse varias horas más. Porque sí, el fútbol despierta pasiones. Pero honestamente, pocas cosas celebran mejor un gol que una copa de Taittinger servida exactamente en el momento correcto.

