Diego Calva, un mexicano sin miedo


MARÍA ESTÉVEZ

FOTOGRAFÍA: CORTESÍA

Tras el vértigo de Babylon, Diego Calva llegó a Cannes para presentar dos películas y la certeza de que los sueños de Hollywood saben a poco cuando se cumplen. Sin miedo a equivocarse, el actor mexicano habló en el pabellón norteamericano del festival sobre presión, desamor, cine y de su deseo de trabajar con el director español Pedro Almodóvar. Calva repite en varias ocasiones durante su presentación que se siente “menos asustado de cometer errores ahora que antes”. El riesgo siempre acompaña en el mundo del arte, especialmente en una industria construida sobre la ambición y el cálculo financiero. Pero el actor lo dice desde el punto de vista que brinda el miedo a equivocarse. “El éxito puede ser algo desconcertante”, reconoce ante su sorprendida audiencia.

Hace apenas unos años, el actor mexicano era una figura respetada dentro del cine de su país, conocido por proyectos como Te prometo anarquía o Narcos: México, pero asaltó la constelación con Babylon. Damien Chazelle le ofreció el papel de Manny Torres, un soñador mexicano que intenta abrirse camino en el Hollywood de los años veinte.

Su primera película en Hollywood fue compartiendo protagonismo junto a los titanes Brad Pitt y Margot Robbie. La película dividió a la crítica, fracasó en la taquilla y, sin embargo, convirtió a Calva en una de las revelaciones del cine estadounidense. Su interpretación le valió una nominación al Globo de Oro y lo colocó en el radar de una industria que hasta entonces no tenía idea de quién era. Hoy, a los 34 años, regresa a la gran pantalla con dos películas que prometen hacer la ronda de festivales y nominaciones: Club Kid, dirigida por Jordan Firstman, y Her Private Hell, el regreso del cineasta Nicolas Winding Refn diez años después de su última película. Sobre el papel, es uno de los mejores momentos de su carrera.

“Podemos decir que con Babylon fui a la universidad y ahora ya estoy graduado”. La metáfora le sirve para explicar la sensación de haber sido arrojado de golpe a una realidad desconocida. Conocía la industria mexicana. Sabía cómo moverse en ella, pero Hollywood es otra cosa. “De pronto me vi lanzado a la industria estadounidense y a la europea. Todo iba demasiado rápido. Los sueños van cambiando según los vas cumpliendo, pero para mí es importante respirar y asimilar”.

La velocidad suele ser uno de los efectos secundarios menos comentados del éxito. También uno de los más peligrosos. Mientras el mundo exterior celebra, el protagonista intenta entender qué está ocurriendo. Calva reconoce que durante un tiempo convivió con la ansiedad de que todo hubiera sucedido demasiado deprisa por temor a no estar a la altura de las expectativas. “Surge la idea de ser un impostor. De convertirme en un actor de un solo triunfo”. Poniendo distancia con las películas comerciales, el mexicano elige el cine de autor para encontrar su estabilidad artística. “No voy a negar que en algún momento he cuestionado mis decisiones profesionales, pero creo que es algo normal”.

Durante años quiso dirigir, escribir, pintar, hacer música. La interpretación era una parte importante de su vida, pero no necesariamente el destino final. “He aprendido a nadar en el mar de Hollywood”, revela ante su necesidad de no ahogarse en un éxito efervescente. A diferencia de otros actores que abrazan el relato triunfalista, Calva parece más interesado en hablar de las dudas. Tal vez porque esas dudas siguen ahí, aunque ahora ocupan menos espacio. Durante un tiempo, una de las formas de combatirlas fue regresar a México cada vez que podía. Volver a la ciudad, a los amigos y a una realidad donde las nominaciones internacionales carecen de importancia. “A mis amigos no les importa mi nominación al Globo de Oro, ellos prefieren comer conmigo”.

Su constante regreso a las raíces afecta también sus decisiones. “Cuando empiezas lo que quieres es tener trabajo, luego cuando puedes elegir, el miedo es otro. El miedo es equivocarte”. La suya es una reflexión habitual entre los actores que triunfan y logran dar el salto de popularidad. La libertad de elegir, descubren, también genera ansiedad. Porque cada decisión parece contener una promesa y una amenaza. “Intento hacer lo que quiero hacer y construir mi legado a través de mis películas”. Sus dos nuevos títulos tienen poco en común desde el punto de vista comercial y mucho desde el punto de vista creativo. En Club Kid interpreta a Oscar, un trabajador social que se cruza en la vida de un hombre obligado a replantearse su existencia cuando descubre que tiene un hijo.

La película juega con los códigos de la comedia y del relato de madurez, aunque sus protagonistas ya han dejado muy atrás la adolescencia. “Me encantó que fuera una película de iniciación sobre alguien de treinta años porque literalmente esa es mi edad”. El filme fue un éxito en el Festival de Cannes y A24 promete reservar este filme para los Óscar. Hablando con Calva, uno ve cómo brillan sus ojos al hablar de un personaje tan fascinante. “Me interesan los papeles que improvisan cuando se supone que ya deberían tener respuestas”. En cierto modo, es una definición que también podría aplicarse a él mismo.

La otra cinta que presenta este año lleva la firma de Nicolas Winding Refn. Si Firstman debuta como director de largometrajes, Refn regresa al cine convertido en una figura de culto. Calva encontró una conexión inesperada entre ambos autores. “Si estás empezando, no le debes nada a nadie. Y si ya eres alguien, tampoco le debes nada a nadie”. En su búsqueda por dar forma a su persona creativa, Calva adquiere madurez profesional y supervivencia emocional. Quizá por eso resulta tan revelador escucharle hablar de Pedro Almodóvar.

Cuando surge la pregunta sobre los directores con los que le gustaría trabajar, suele mencionar al cineasta manchego. “Cuando me rompieron el corazón por primera vez me obsesioné con Almodóvar por la forma en que el director español retrata esos sentimientos a lo largo de su filmografía”.

A Calva, Hollywood lo quiere empujar hacia la categoría de estrella internacional, pero él sigue hablando del cine como espectador. “Recuerdo las tardes en los videoclubes de Ciudad de México buscando cualquier película que llevara el sello del Festival de Cannes. Recuerdo la emoción de ver una película en el cine mucho antes de pensar en convertirme en actor”. Quizá eso también forma parte de su deseo por demostrar que vale para la interpretación. “Con cada paso que doy, me siento menos asustado ante los errores”. Después de todo, llegar a Hollywood era el sueño. Aprender a convivir con el éxito ha resultado ser el verdadero desafío.

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